domingo, 26 de abril de 2015

EL ORO REBELDE


Batalla de Saratoga, Septiembre de 1777

 

Seguía lloviendo. Desde hacía unos días no había dejado de hacerlo. El soldado Iborte, fusilero adscrito al primer batallón del segundo regimiento del ejército colonial, llevaba todo el día a remojo.
Se encontraba agazapado en una minúscula trinchera que había excavado con la ayuda de sus dos compañeros en cuanto se percataron que la artillería británica hacía acto de presencia y que permanecer en campo abierto era poco saludable.  
Solo disponían de las bayonetas, algún cuchillo y sus propias manos para poder cavar, por lo que la trinchera dejaba bastante que desear.
La profundidad no era mucha y además, después de toda la lluvia caída, el fondo estaba completamente encharcado, lo que hacía aún más incómoda y penosa su situación.
Sus compañeros eran dos hermanos procedentes de Virginia. Apenas unos críos. Enrolados de forma voluntaria en el ejército, tal vez para evitar el hambre, tal vez para dejar atrás una vida de granjeros que no les depararía ningún futuro, o tal vez para vivir aventuras, como les prometió aquel veterano reclutador que acudió a su pueblo en busca de carne de cañón para nutrir las compañías de infantería del nuevo ejército colonial.  
El caso era que a estas alturas de la guerra, la vida de granjero ya no les parecía tan mala idea. Y eso que habían tenido suerte: aún estaban vivos. No podían decir lo mismo algunos de los chicos que junto a ellos habían acudido al banderín de enganche. Uno de aquellos muchachos, miembro de la dotación de una batería, había volado literalmente junto a otros cinco hombres cuando el cañón que asistía reventó en mil pedazos. Otro pereció de un balazo en la cabeza cuando un sargento incompetente mandó a su pelotón atacar una posición enemiga, sabiendo que era una misión suicida y que no tendrían ninguna posibilidad. Del resto, no sabían nada. Los dos hermanos podían considerarse afortunados, aún no habían recibido ni un rasguño. Iborte cuidaba de ellos.
Después de luchar en numerosas batallas, en esta guerra y en otras anteriores, Iborte estaba considerado como uno de los mejores soldados del regimiento, veterano curtido y profesional. Los dos hermanos estaban enormemente agradecidos por la suerte que habían tenido al contar con un compañero como él, a pesar de las mil penurias que les hacía padecer. 
La zigzagueante línea de trincheras donde se encontraban, corría a lo largo del límite del bosque que servía de protección al grueso de las tropas del ejército colonial, al mando del general Horatio Gates, en una zona conocida como Bemis Heights. Delante de las trincheras se extendía una llanura, por cuyo lado Este discurría el río Hudson, que en ese momento corría con un caudal considerable debido a las constantes lluvias. En el límite norte de la llanura, en Freeman´s Farm, sobre un promontorio, estaban situadas las tropas británicas, al mando del general John Burgoyne y desde hacía dos días, además, diez baterías de artillería que no habían dejado de sacudir cañonazos desde entonces, aunque con más ruido que efectividad. 
El ejército colonial llevaba diez días repartiéndose estopa con los británicos en esta región al norte de Nueva York. Al principio parecía que la cosa se decantaba por el bando de Los Casacas Rojas, pero estos últimos días los coloniales estaban tomando la iniciativa o al menos eso era lo que les contaban los oficiales, tal vez con la intención de levantar la moral de la sufrida tropa.
En ese momento de la jornada, ya noche cerrada y después de tantas horas de cañoneo inglés, Manuel Iborte estaba bastante harto. Les habían ordenado, a primera hora de la mañana, que mantuvieran esa posición por si a algún enemigo  se le ocurría la genial idea de aparecer para intentar cruzar sus líneas, cosa bastante improbable en vista de la rociada de plomo que estaban descargando desde hace dos días los artilleros ingleses. Pero las órdenes son las órdenes y Manuel era un veterano y sabía cumplir como el primero. Pero a esa hora tan avanzada de la jornada, había cumplido con creces y era el momento del relevo.
El bombardeo había cesado. Los ingleses también debían estar extenuados. Así que, aprovechando la tregua y amparado en la protección que el manto oscuro de la noche le brindaba, se encaramó al borde del agujero dejando a los dos  hermanos allí pero haciéndoles saber que buscaría a alguien para que les relevara. No convenía dejar el puesto desatendido, no fuera que a los ingleses les diera por hacer una excursión nocturna por su línea de trincheras.
Con el mosquete colgado de un hombro y arrastrándose por el barro, llegó a la seguridad de la línea de árboles, fuera del alcance de las balas de cañón.
            Después de haber permanecido tantas horas en la trinchera, el frío le calaba hasta los huesos. Su ropa estaba empapada y llena de barro. Maldijo por lo bajo y se acercó al primer fuego de campamento que encontró, sentándose junto a otros compañeros que reponían fuerzas tras un largo día de escaramuzas. Saludó a los compañeros con un gruñido y se sentó encima de una piedra, junto al fuego.

jueves, 11 de octubre de 2012

VIVAC EN LA MONTAÑA ( y IV)

... Ahora, perfectamente espabilados tras el remojón, seguimos por el camino hacia el puerto de Cotos. Un poco antes de llegar a nuestro destino, nos detenemos en el mirador de la Gitana, para echar un vistazo a la rueda de hierro que indica la posición de las cumbres que conforman “La Cuerda Larga”. Los árboles que hay delante del mirador, están tan crecidos que apenas dejan ver alguna de las cumbres.
Nos despedimos del mirador y en unos pocos minutos descargamos los macutos en el maletero del coche. Sin peso y con ropa limpia nos acercamos a la Venta Marcelino y nos metemos al cuerpo unos cafetitos y unos colocaos. Mandamos unos whatsup y alguna foto a la familia para dar señales de vida.
Tras el pequeño refrigerio mañanero emprendemos de nuevo la marcha, por la carretera de la estación de esquí de Valdesquí. Nos acercamos hasta la estación para que la vean mis compañeros. En estas fechas está abandonada, toda la explanada del aparcamiento se encuentra absolutamente vacía, nada que ver con los meses de invierno, donde resulta difícil encontrar un hueco. Damos la vuelta y emprendemos otra vez el camino hacia Cotos, pero nos detenemos  a la entrada del camino que conduce al refugio del Pingarrón. Bajamos del coche y nos adentramos en el camino, dejamos un bosquecillo de confieras a nuestra izquierda, planeando para una próxima salida un vivac con hamacas colgadas en esos pinos. Llegamos enseguida al refugio, le echamos un vistazo y seguimos por el camino que ahora inicia una bajada hasta el arroyo de las Guarramillas.
Llegamos al arroyo, cruzamos un puentecito de madera y en la orilla sur nos dejamos caer sobre la sombreada y mullida hierba. Mientras contemplamos las frías y cristalinas aguas nacidas pocos kilómetros más arriba, decidimos ir a comer a Las Dehesas, en Cercedilla, uno de los primeros lugares donde acampé hace mil años, junto a mis amigos del barrio, cuando aún se podía montar una tienda de campaña y hacer una hoguera en la sierra madrileña, ¡que recuerdos!
Ahora subimos por otro camino distinto al que hemos utilizado para bajar, pero que nos conduce igualmente a la carretera. Montamos en el coche y nos dirigimos a Cercedilla. Antes de llegar al puerto de Navacerrada, mis compañeros  ya están prácticamente dormidos, sobre todo Javi. Llegamos a Cercedilla. La población está muy animada a esa hora, la del vermú. Las terrazas de los bares están abarrotadas de gente. Atravesamos la población y cogemos la carretera del hospital de la Fuenfría y llegamos a Las Dehesas. ¡Cómo ha cambiado esta zona! Ahora está todo lleno de mesas y sillas para que los madrileños o quien sea, disfruten en verano del frescor reinante en este bello paraje. Aparcamos el coche y nos plantamos en la zona más solitaria que encontramos. Javi está completamente dormido y me cuesta despertarle. Finalmente lo consigo. Nos sentamos todos en unos bancos de piedra bajo la sombra de los  pinos y  damos buena cuenta de los restos de comida que queda en nuestros macutos.
Terminamos, recogemos todo y de nuevo montamos en el coche, esta vez rumbo a casa.
Ha sido una buena experiencia, todos hemos disfrutado de la maravillosa montaña. Ahora, a esperar el invierno y la nieve, que hace aún más atractiva la montaña.









           

martes, 2 de octubre de 2012

VIVAC EN LA MONTAÑA (III)

… Hacemos otra pequeña parada. Ya se ve el refugio de Zabala al fondo, perfectamente mimetizado con el entorno. A veces cuesta verlo ya que el tipo de piedras con que se construyó es el mismo que las piedras del entorno.
Tenemos que cruzar un vallado para el ganado. Nos despojamos de los macutos para poder atravesar la abertura que impide que las vacas se escapen pero que permite pasar a los andarines. Al otro lado del vallado nos esperan unas cuantas vacas con sus terneros, lo que nos hace tomar precauciones  y dar un pequeño rodeo. No nos apetece nada recurrir a la “media verónica” o a la “chicuelina”. Las vacas realmente están a su bola y nos miran como por encima del hombro, sin hacernos ni puñetero caso. Llegamos al refugio y echamos un vistazo por los alrededores, sobre todo Andrés que no conocía el lugar. Javi, Gustavo y yo habíamos subido hacía menos de un mes.
Entre todos buscamos un lugar donde poder instalar el vivac. La verdad es que no es fácil ya que el suelo del entorno está formado de placas de granito, pero encontramos algunos huecos donde poder instalarnos. Valoramos cada lugar teniendo en cuenta su situación, cercanía a corrientes de agua, número de “cagadas” de vaca, etc. Finalmente elegimos una zona cerca del refugio por si la noche se torna inclemente.
Recomiendo al grupo cambiarnos de ropa, la que llevamos está húmeda de sudor después de todo un día de correrías. Nos aseamos con toallitas húmedas (qué gran invento) y nos ponemos ropa seca y limpia. La verdad es que se agradece. Como está levantándose vientecillo fresco, nos ponemos también el forro polar. Quien iba a decirnos que en plena ola de calor tendríamos que utilizar esta prenda. La montaña es lo que tiene.
El lugar que hemos elegido para vivaquear está un poco desprotegido, así que nos movemos por los alrededores en busca de piedras para construir un cerco alrededor del vivac, con el fin de protegernos algo del viento.
Un poco antes de anochecer aparece un grupo de montañeros que nos preguntan si vamos a utilizar el refugio para la pernocta. Cómo les respondemos negativamente, deciden utilizarlo ellos. Todo un detalle por su parte, preguntar antes de usarlo. Todavía queda gente cabal, bueno, en la montaña siempre impera la educación y el buen rollo.
Entre unas cosas y otras se nos hace de noche. Encendemos los frontales, Javi estaba como loco por encender el suyo, y a la luz de sus leds nos preparamos la cena, consistente en empanada, queso y fiambre. Después de la cena, recogemos los restos de la comida, que ponemos a buen recaudo, no es plan de recibir la visita de alguna vaca durante la noche.
Andrés y Javi sacan la baraja de cartas y se lían, cual tahúres, a echar unas partiditas. Mientras, Gustavo y yo nos sentamos a charlar un rato, contemplando la laguna, que unos metros más abajo se adivina más que se ve. Descubrimos varias luces de frontales allá abajo, iniciando el camino de regreso hacía Cotos.
Un rato más tarde todos decidimos que es la hora de recogerse y sacamos los sacos de dormir de las mochilas. Ahora ya hace bastante fresco y solo pensar en la calidez de los sacos nos hace apresurarnos en meternos en ellos. A Javi le añado además una funda de vivac, no quiero que pase frío en su primer vivac. El gran Gustavo se sacrifica y voluntariamente elige el peor sitio del vivac para instalar su esterilla y su saco. Gracias Gustavo por tu generoso gesto. Andrés y Javi se colocan en el centro y Gustavo y yo en los laterales. Ya son cerca de las once y el firmamento comienza a llenarse de estrellas. Es todo un espectáculo. Como no hay contaminación lumínica, la visión es sorprendente. Buscamos constelaciones conocidas, planetas y estrellas famosas. También observamos luces que se desplazan a velocidad sorprendente y luego sin más, desaparecen. ¿Habéis visto eso? preguntamos los cuatro casi a la vez. Es un deleite observar este cielo tan plagado de estrellas, en las ciudades es imposible contemplarlo de esta forma.
Poco a poco el grupo se va silenciando y cada uno intenta coger la mejor postura para poder dormir. Yo jamás consigo dormir más de dos horas seguidas dentro de un saco, nunca encuentro la postura.
A partir de las dos de la mañana empieza a soplar el viento con fuerza y me empiezo a preocupar por el bienestar del grupo, pero a juzgar por algún ronquido que otro, creo que el único que no duerme soy yo. Javi se despierta en alguna ocasión debido al calor. La verdad que con el saco y la funda de vivac está un poco asfixiado. Enseguida se vuelve a dormir. Gustavo y Andrés no dan señales de vida, así que entiendo que están placidamente dormidos.
El viento trae hasta nosotros el sonido de los cencerros de las vacas y parece que las tenemos aquí mismo, aunque en realidad deben andar bastante alejadas.
Cuando por fin consigo conciliar el sueño, amanece y llega la hora de levantarse y ponerse de nuevo en marcha. A pesar de todo no ha sido una mala noche. Cuesta desperezarse y salir del saco...
Nos preparamos un suculento desayuno a base de zumos, leche, bollería y algún embutido. Tras la ingesta matinal, recogemos los bártulos y levantamos el campamento, dejando todo  limpio. La idea es bajar hacia la laguna Grande y desde allí, por el camino normal, llegarnos hasta Cotos. Iniciamos la marcha por el empinado camino, realmente no es un camino sino una serie de hitos que nos señalan la ruta. Bajamos con cuidado por la zona de bloques de piedra en la que hay que tomar alguna precaución para no partirse una pierna.
Llegamos a la laguna. La temperatura ha subido considerablemente y nos despojamos de forros y chaquetas, que guardamos en las mochilas. Miramos con nostalgia hacia el refugio de Zabala, que ya queda muy arriba.
Por el camino nos vamos encontrando con gente que ya, hasta hora tan temprana, suben hacia la laguna. Nos detenemos en una fuente, al borde del camino, y aprovecharnos para lavarnos como buenamente podemos. El agua está helada pero nos viene bien.










           

lunes, 24 de septiembre de 2012

VIVAC EN LA MONTAÑA (II)

            … Por fin consigo poner en pie a la tropa. Recogemos cuidadosamente los envoltorios de nuestro refrigerio y los guardamos en la mochila para tirarlos a la basura cuando sea oportuno. Ahora tenemos que buscar el camino por el que hemos subido.  Comenzamos a bajar y tras unos metros de descenso la pared se vuelve demasiado vertical haciendo peligroso el descenso. Volvemos a subir y observamos más atentamente la roca para ver por dónde habíamos subido. Tras unos cuantos sube y bajas encontramos el sitio correcto y en un santiamén nos plantamos en la base del pico.
            Nos colocamos correctamente los macutos y seguimos hacia el siguiente pico, que no pensamos subir, sino bordearlo por la parte derecha (la izquierda da al precipicio). Antes nos detenemos en la “Ventana del Diablo”, un hueco formado entre los bloques de piedra, que hace las delicias de la concurrencia. Nos asomamos a esta “ventana”  por un lado y por el otro, haciendo fotos desde ambos lados.
            Cuando nos cansamos de corretear por los alrededores del sexto pico,  seguimos rumbo hacia el camino Schmid, siempre bajando. Al principio se aprecia claramente una pequeña senda, pero al rato ésta desaparece y tenemos que guiarnos por los hitos que vamos encontrando. Durante un buen rato de descenso desaparecen hasta los hitos y mis compañeros de aventuras me miran sospechando si realmente se donde nos estamos metiendo. Les increpo la poca fe que tienen en su guía y les tranquilizo haciéndoles saber que a pesar de no caminar por una senda como Dios manda, estamos siguiendo la dirección correcta, es decir, hacia abajo. No tiene pérdida, antes o después tenemos que cruzarnos con el camino Schmid, como finalmente ocurre.
No mucho más tarde, y con un  contundente “tachaaaaán” muestro orgulloso el famoso camino a mis incrédulos y desconfiados compañeros.
Giramos a la derecha y nos dirigimos por esta antigua y concurrida vía hasta el puerto de Navacerrada, al que llegamos alrededor de las dos de la tarde con hambre de lobos y algo cansados.
Nos acomodamos en el coche y partimos hacia el puerto de Cotos, donde daremos buena cuenta de los gigantescos bocadillos de Venta Marcelino.
A la sombra de un enorme árbol, en la terraza de este mítico establecimiento, saciamos nuestro hambre con una buena ración de proteína y lácteos, es decir, unos buenos bocatas de lomo con queso.
Después de los postres y el café (postre para Javi y Andrés y cafelito para Gustavo y un servidor) nos entró un soporcillo que nos obliga a buscar una buena sombra en los prados que rodean la Venta.
Pasamos un ratito de retiro espiritual bajo unos pinos, mientras decidimos dónde pasar las horas de más calor antes de iniciar el ascenso hacia la zona de Zabala. Finalmente nos decantamos por coger el coche y acercarnos al cercano pueblo de Rascafría, con parada en las presillas.
En la zona de Las Presillas nos encontramos con bastante gente. Aparcamos el coche junto a un puente de madera, que cruzamos para dirigirnos  hacia una de las pozas. Gustavo es el único que se atreve o al que le apetece meterse en la poza, aunque lo único que hace es remojarse los pies y salpicarse agua en la cara.  Le dejamos disfrutar un poco más y luego volvemos al coche, esta vez en dirección a Rascafría.
Llegamos a Rascafría y damos una vuelta, sin bajarnos del coche, por este bonito pueblo serrano. Javi y Andrés compran una baraja de cartas para entretener las horas de vivac.  Volvemos a Cotos.
Subimos por la misma carretera que nos ha traído a Rascafría. La charla y la música nos entretienen y sin darnos cuenta estamos otra vez en el aparcamiento del puerto de Cotos. Descargamos las mochilas, y el equipo de pernocta. Nos repartimos el material y la comida entre Gustavo, Andrés y yo. A Javier junior le dejamos una mochila de Andrés con el mínimo peso posible.
En vez de tomar el camino de la laguna, subimos por el camino del bosque, a la izquierda de Venta Marcelino. Los primeros metros están pavimentados con madera y enseguida nos adentramos entre la espesura de los pinos. Me encanta este camino, a diferencia del camino de la laguna, apenas es transitado. Cruzamos varios arroyos con muy poco caudal de agua y seguimos subiendo. Paramos de vez en cuando para hacer alguna foto y para que Javi no se canse demasiado. En una de las paradas vemos un zorro, que  nos observa sin huir. Cuando nos acercamos para hacerle una foto se aleja despacio, sin miedo. Es una maravilla poder contemplar a este tipo de animales en plena naturaleza.
Seguimos avanzando y llegamos a la zona de la antigua pista de esquí, ahora, afortunadamente, desmantelada y repoblada de pinos autóctonos. Desde la última vez que pasé por aquí los árboles han crecido mucho. En pocos años  ya no habrá huellas de la pista. Con un poco más de esfuerzo llegamos a las zetas, el camino que conduce hasta la cumbre de Peñalara, justo en el cruce con el camino de Zabala…

martes, 18 de septiembre de 2012

VIVAC EN LA MONTAÑA (I)

             Aprovechando unos días muy calurosos del pasado mes de agosto, le propuse a mi hijo Javier hacer la excursión montañera que tantas ganas teníamos los dos de realizar. El plan incluía pernocta. La ley prohíbe acampar con tienda de campaña en toda la sierra madrileña, así que debíamos dormir “al aire”, mucho más divertido y aventurero.
            Comentamos la idea a nuestro vecino Andrés y a nuestro querido primo Gustavo, que se animaron a acompañarnos en nuestra pequeña aventura.
            En los días anteriores a la salida, revisé el material disponible. Teníamos sacos suficientes para todos, pero nos faltaba alguna colchoneta, así como alguna linterna frontal. Decidí acercarme a mi tienda de deportes habitual y completé nuestro material.
            Como siempre y desde que era un chavalín y empecé con esto de la montaña, disfruté enormemente con la preparación de la mochila y planificación de las rutas. Además, estaba vez me acompañaban compañeros nuevos, que también es una aliciente, sobre todo porque iba a compartir vivac por primera vez con uno de mis hijos. Disfrutar de mis aficiones junto a mis hijos es una de las cosas que más me ilusionan.
            No madrugamos demasiado, los nuevos aventureros lo agradecieron. El día es muy largo y no teníamos necesidad de comenzarlo demasiado temprano. Cargamos las mochilas en el maletero del coche y emprendimos el camino hacia mis queridas montañas.
            El camino hasta el puerto de Navacerrada se hizo corto. Aparcamos el coche en la explanada del parking junto a otros vehículos. A pesar de ser un miércoles había un buen número de vehículos. Para hacer la ruta que tenía prevista, ascensión a Siete Picos, no era necesario llevar apenas material. Cargamos con algo de comida y agua, gorras y gafas de sol. Emprendimos la marcha subiendo, así, de aperitivo, el cuestón de la pista de esquí del Telégrafo. Como estamos frescos y no llevamos peso la subimos en pocos minutos. Llegamos a la parte superior de la pista. Hemos ganado una buena altura y las vistas son espectaculares, aunque al mirar hacia el alto de Guarramillas o Bola del Mundo, entristece un poco la contemplación de las cicatrices que las pistas y los remontes han dejado en su ladera.
            Seguimos la marcha ahora por camino llano. En pocos minutos divisamos la imagen de la virgen de las Nieves, en el alto del telégrafo. En esta ocasión no ascendemos este pico, no es cuestión de cansar a los novatos, ya habrá otra ocasión. Llegamos a la explanada de La Ventolera, en la línea de árboles del bosque que, en continua ascensión, nos llevará hasta la base del séptimo pico, bastantes metros más arriba. Haciendo honor a su nombre, empieza a soplar el viento en la zona, lo agradecemos porque ya empieza a apretar el sol. Aprovechamos para hacer una parada para comer y beber.
            Tras unos minutos de descanso nos ponemos de nuevo en marcha. Ahora toca esforzarse. El camino es cuesta arriba y va serpenteando por la ladera de la montaña. En ocasiones desaparece y hay que guiarse por los hitos que de vez en cuando vamos encontrando. Javi comienza a cansarse y hacemos paradas de pocos minutos para que descanse y que aprovechamos para hidratarnos con un buen trago de agua.
            Por fin llegamos al final de la cuesta y divisamos  a pocos metros de donde nos encontramos el cúmulo de rocas que conforman el séptimo pico, objetivo de nuestra excursión mañanera. Ahora Javi y el resto del grupo caminamos más ligeros hacia esa cumbre. Descargamos las mochilas en la base del pico y buscamos el sitio más sencillo para ascender a su cima. Esto si que le gusta a Javi, que en cuanto inicio la ascensión me sigue sin pensárselo dos veces. Después le sigue Andrés y Gustavo cierra el grupo subiendo en último lugar. La verdad es que esta es la parte más divertida de la ascensión. Es una escalada sencillita y a los miembros más jóvenes del grupo, es decir a Javi y a Andrés les encanta y veo que disfrutan con la ascensión.
            Ya estamos arriba. La vista es impresionante.  Nos hacemos unas cuantas fotos y mandamos unos cuantos whatsap a la familia para dar señales de vida y también un poco de envidia.
            Aquí arriba sopla muy fuerte el viento y tomamos las debidas precauciones para no despeñarnos en un descuido.
            Sacamos unas galletas y unos zumos para reponer fuerzas. Tenemos que bajar para reanudar la marcha pero se está tan a gusto y las vistas son tan relajantes que nos cuesta reanudar la marcha…
             

lunes, 21 de mayo de 2012

REGRESO A JORDANIA


            El otro día viendo en televisión  una de las aventuras de Jesús Calleja, que en esta ocasión se desarrollaba en el desierto de Wadi Rum, recordé con  nostalgia los días que pasé, hace unos años, por aquellos bellos parajes.
            Describir aquel fantástico viaje en tan poco espacio requiere un gran esfuerzo, ya que los días que pasé allí están plagados de anécdotas y sensaciones, así que me limitaré a describir algunas sensaciones.
En el mes de agosto de 1990, unos días después de que las tropas iraquíes invadieran Kuwait, un avión de Alia, la línea aérea jordana, aterrizaba en el aeropuerto de Amman conmigo a bordo. Por fin regresaba al país que me vio nacer y del que me marché cuando apenas contaba dos años.
            Fue una sensación extraña. Allí había nacido yo, en un país cuya cultura, costumbres, religión, sociedad, paisaje, etc. es completamente distinta a la nuestra y que sin embargo me atraía enormemente y al que me sentía y me siento muy unido.
            Aquel país fue escenario de la historia de mi familia, al menos de una buena parte de la historia de mi familia. Por lo tanto, quiera o no, de algún modo lo llevo en la sangre.
            Desde que era un crío, sabía que algún día viajaría al país Hachemita. Y por fin el sueño se había cumplido. Jordania ya no era una foto, ni un recuerdo, ni un objeto de los muchos que había en casa. Era una realidad. Estaba en Jordania y me esperaban un buen montón de sitios que visitar en los próximos días.
            Uno de mis objetivos era localizar y visitar el lugar donde mi padre y mi tío tuvieron su negocio, el restaurante Villa Rosa,  allá por los años sesenta. No tenía ni idea de la dirección, solo el nombre del barrio: Jebel Webdi, o algo parecido. En mi mochila llevaba un buen montón de fotografías del restaurante que iría enseñando por ahí, hasta localizarlo.
            Pregunté en los distintos hoteles que me alojé y aunque mucha gente lo conocía de oídas, nadie me supo indicar su ubicación.
            Por las noches, algunos miembros del grupo teníamos la costumbre de reunirnos en el lobby de los hoteles a charlar y tomar una copa. Una de aquellas noches, mientras comentaba con los compañeros mis pesquisas para encontrar el viejo restaurante, se acercó a mí una persona y presentándose como el dueño de la única casa discográfica que existía por aquel entonces en Amman, me indicó que conocía perfectamente la ubicación del viejo restaurante Villa Rosa. ¡No podía creerlo!, por fin lo había encontrado. Esta persona se ofreció a recogerme al día siguiente en la puerta del hotel y conducirme hasta allí.
            Al día siguiente, y según habíamos acordado, me llevó en su coche hasta el lugar donde en su día había estado ubicado el restaurante Villa Rosa.  Ya solo quedaba el solar, con la valla construida en el perímetro de la parcela y unos pocos árboles que plantaron mi padre y mi tío. Decepcionado, pero satisfecho por haber sido capaz, al menos, de fotografiar ese pedazo de tierra que tanto significó para mi familia regresé al hotel.
            Mientras volvíamos al hotel, mi voluntario guía satisfizo mi curiosidad contándome que el edificio había sido derribado tan solo unos pocos meses antes. La compañía aérea jordana, Alia, dueña actual de los terrenos quería construir un edificio para sus oficinas.
            En los días siguientes visité lugares tan entrañables como la mítica ciudad nabatea de Petra, Monte Nebo, Jerash. Buceé en el mar Rojo, floté en un escaso palmo de agua en el mar Muerto. Recorrí la ruta de los castillos del desierto, incluido el castillo donde Laurence de Arabia instaló su cuartel general. Me adentré en el desierto de Wadi Rum, compartiendo té y pan en una jaima beduina perdida en mitad de la nada. Disfruté de la soledad y el silencio nocturno del desierto, algo incomparable, por cierto.
            En aquellos días, los hoteles estaban llenos de súbditos kuwaitís que huían de su país tras la invasión iraquí. El ejército jordano estaba en alerta. Se veían policías y militares por todas partes, pero en ningún momento sentí sensación de peligro alguna. Tanto la policía como los militares nos trataban de forma amable y educada. Se palpaba un ambiente de preocupación, pero no de peligro.  
            La noche antes de regresar a España, llegó al hotel otro grupo de españoles que nos dijeron que según las noticias españolas, todos los turistas extranjeros llevábamos varios días recluidos en los hoteles. Totalmente falso.
            Y llegó el día de la partida hacia España. Por una parte estaba deseando regresar para ver a la familia, tranquilizarla y contarles todas las cosas que había visto y vivido. Pero por otra parte no me apetecía nada marcharme, me sentía muy a gusto allí, en Jordania, en mi otro país.
             
           

           

lunes, 23 de enero de 2012

SALIDA MOUNTAINBIKERA

             Son las 7:45 de la mañana. La marca del termómetro está por debajo de 0⁰, es decir, un frío que te jiñas.
            Salgo a la calle con la MTB a esperar a Gabi que tiene que estar a punto de llegar. Efectivamente, un par de minutos después de salir aparece con la furgoneta. Nos damos los buenos días y subimos la bici al vehículo.
            Arrancamos y nos dirigimos a casa de Antonio, donde llegamos cuando el reloj marca las 8:00. En un pispas subimos su bicicleta y partimos hacía Aldea del Fresno.
            En poco más de quince minutos entramos en Aldea del Fresno, solitario a esa hora temprana de la mañana,  con el termómetro indicando -4⁰. La cosa promete. 
            A las 8:15 aparcamos la furgoneta junto a la valla del Safari de Madrid. Desde nuestra posición alcanzamos a ver unas cuantas llamas y avestruces que pasean a sus anchas por el recinto del parque, sin visitantes a esa hora.
            Nos colocamos la ropa adecuada para combatir el frío reinante, que no es poco, calentamos unos minutos y ya sobre nuestras bicicletas comenzamos la ruta. Son las 8:32.
            Tomamos la carretera que nos llevará hasta el pantano de Picadas. Las rampas del puertecillo que nos conducirá hasta la presa del pantano hacen que nos olvidemos del frío. En pocos minutos coronamos el puerto y comenzamos la bajada hasta la presa. Hacemos un par de paradas para contemplar el bello paisaje que se aprecia desde esa perspectiva. Reanudamos la marcha disfrutando de la espectacular bajada. Llegamos a la presa donde volvemos a detenernos para echar un vistazo. En menos de un minuto seguimos la marcha. El trazado del camino, bordeando el pantano, es muy cómodo y sin ninguna dificultad. Volvemos a parar a la salida del túnel que acabamos de atravesar para hacernos unas fotos. Reanudamos la marcha en un par de minutos. Llevamos un buen ritmo, así que en poco tiempo recorremos este bello camino.  Ahora tomamos otro camino, esta vez asfaltado, que va cogiendo altura nada más comenzar su trazado.
            El camino parece no acabar nunca y cada vez es más duro. Piñón grande y de vez en cuando plato pequeño. Tras mucho esfuerzo llegamos al final de la puñetera carretera. Hacemos una parada para beber agua y quitarnos algo de ropa. Aquí cogemos una pista forestal, que según los mapas que he estudiado antes de salir, nos llevará hasta una pequeña laguna. Afortunadamente la pista es cuesta abajo y nos permitirá darle un respiro a nuestras machacadas piernas. Lo larga que se ha hecho la subida y lo corta que se hace la bajada. En pocos minutos hemos descendido bastantes metros. Bajamos a buena velocidad, tan concentrados en ver por donde metemos las ruedas que casi no tenemos tiempo de contemplar el bonito paisaje que se aprecia fugazmente entre los árboles. Ya estamos en la lagunilla, bueno en realidad y por culpa de la poca lluvia caída en los últimos meses, más bien parece un charco grande.
            Tomamos un camino que sale a nuestra izquierda, casi en un giro de 180⁰. Parece un buen camino, pero enseguida surge la primera rampa que nos hace levantar el culo del sillín para afrontarla. Vemos que la rampa termina en una curva y pensamos que a partir de allí comenzará el descenso. Ni hablar. Llegamos extenuados al final de esta rampa para descubrir que el camino sigue subiendo. Ahora, desde esta posición, podemos contemplar buena parte del camino. Todo subida, y aún más fuerte que lo que ya llevamos recorrido. Ahora, el camino asfaltado de hace un rato que tan duro nos había resultado, no era más que un aperitivo de lo que todavía nos espera. Apretamos los dientes y seguimos poco a poco recorriendo la infernal pista. Observo el cuentakilómetros del manillar y veo que no consigo  pasar de los 5km/h. Andando iría más deprisa, pienso. Tengo tentaciones de parar y bajarme de la bici pero me sobrepongo y saco fuerzas de donde ya no hay. Se hace interminable, llegas a una curva con la esperanza de que sea la última de la subida y te encuentras con otra rampa más, hasta que por fin llegamos al final. Nos bajamos de la bici y nos da la tentación de tirarla por el barranco y regresar a casa andando. Nos quitamos las chaquetas y nos sentamos, contemplando el paisaje, a tomar nuestro merecido almuerzo.
            Ahora, salvo sorpresas, tenemos unos cuantos kilómetros de bajada y luego otros pocos kilómetros llanos  hasta el lugar donde hemos aparcado la furgoneta.
            Terminamos el desayuno y nos ponemos en marcha. Tonto el último. Nos tiramos por la cuesta como locos, hasta que empiezan a aparecer rodadas en el camino, curvas cerradas, arena, piedras, que nos obligan a tomar precauciones y tirar de frenos cada dos por tres, si no queremos acabar por los suelos.
            Todavía nos esperaría alguna sorpresa en forma de puñetera rampa, pero ya nos las tomamos casi con alegría, para dar respiro a los discos del freno.
            La bajada, que ha sido larga, se hace en pocos minutos.  Ya divisamos al fondo la población de Villa del Prado. 
            Entramos en el pueblo y recorremos algunas de sus calles hasta llegar a la antigua vía del tren, que tomamos para dirigirnos hasta la ermita de la Poveda. El camino es llano y nos lleva hasta una pista asfaltada. Tomamos esta carretera que, siempre bajando, nos conduce a la ermita. Echamos un rápido vistazo y nos acercamos a la orilla del río Alberche. Nos hacemos unas fotos mientras escuchamos como en la otra orilla del río, en la urbanización Calalberche, los tenderos ofrecen sus mercancías en el mercadillo dominical.
            Reanudamos la marcha por un camino que nos conducirá hasta la carretera que une Aldea del Fresno con Villa del Prado. Cruzamos la carretera y cogemos otro camino que nos llevará, a tan solo un par de kilómetros, hasta el aparcamiento de la furgoneta. Ya casi estamos, pero el camino todavía nos reserva una última rampa que comienza justo después de cruzar un arroyo. Imposible subirla, así que nos permitimos la licencia de subirla andando. Un kilómetro más tarde y después de un pequeño sprint sacando el resto, llegamos por fin al final de nuestra ruta.
            Ahora a pensar en la ruta del próximo domingo.