lunes, 21 de mayo de 2012

REGRESO A JORDANIA


            El otro día viendo en televisión  una de las aventuras de Jesús Calleja, que en esta ocasión se desarrollaba en el desierto de Wadi Rum, recordé con  nostalgia los días que pasé, hace unos años, por aquellos bellos parajes.
            Describir aquel fantástico viaje en tan poco espacio requiere un gran esfuerzo, ya que los días que pasé allí están plagados de anécdotas y sensaciones, así que me limitaré a describir algunas sensaciones.
En el mes de agosto de 1990, unos días después de que las tropas iraquíes invadieran Kuwait, un avión de Alia, la línea aérea jordana, aterrizaba en el aeropuerto de Amman conmigo a bordo. Por fin regresaba al país que me vio nacer y del que me marché cuando apenas contaba dos años.
            Fue una sensación extraña. Allí había nacido yo, en un país cuya cultura, costumbres, religión, sociedad, paisaje, etc. es completamente distinta a la nuestra y que sin embargo me atraía enormemente y al que me sentía y me siento muy unido.
            Aquel país fue escenario de la historia de mi familia, al menos de una buena parte de la historia de mi familia. Por lo tanto, quiera o no, de algún modo lo llevo en la sangre.
            Desde que era un crío, sabía que algún día viajaría al país Hachemita. Y por fin el sueño se había cumplido. Jordania ya no era una foto, ni un recuerdo, ni un objeto de los muchos que había en casa. Era una realidad. Estaba en Jordania y me esperaban un buen montón de sitios que visitar en los próximos días.
            Uno de mis objetivos era localizar y visitar el lugar donde mi padre y mi tío tuvieron su negocio, el restaurante Villa Rosa,  allá por los años sesenta. No tenía ni idea de la dirección, solo el nombre del barrio: Jebel Webdi, o algo parecido. En mi mochila llevaba un buen montón de fotografías del restaurante que iría enseñando por ahí, hasta localizarlo.
            Pregunté en los distintos hoteles que me alojé y aunque mucha gente lo conocía de oídas, nadie me supo indicar su ubicación.
            Por las noches, algunos miembros del grupo teníamos la costumbre de reunirnos en el lobby de los hoteles a charlar y tomar una copa. Una de aquellas noches, mientras comentaba con los compañeros mis pesquisas para encontrar el viejo restaurante, se acercó a mí una persona y presentándose como el dueño de la única casa discográfica que existía por aquel entonces en Amman, me indicó que conocía perfectamente la ubicación del viejo restaurante Villa Rosa. ¡No podía creerlo!, por fin lo había encontrado. Esta persona se ofreció a recogerme al día siguiente en la puerta del hotel y conducirme hasta allí.
            Al día siguiente, y según habíamos acordado, me llevó en su coche hasta el lugar donde en su día había estado ubicado el restaurante Villa Rosa.  Ya solo quedaba el solar, con la valla construida en el perímetro de la parcela y unos pocos árboles que plantaron mi padre y mi tío. Decepcionado, pero satisfecho por haber sido capaz, al menos, de fotografiar ese pedazo de tierra que tanto significó para mi familia regresé al hotel.
            Mientras volvíamos al hotel, mi voluntario guía satisfizo mi curiosidad contándome que el edificio había sido derribado tan solo unos pocos meses antes. La compañía aérea jordana, Alia, dueña actual de los terrenos quería construir un edificio para sus oficinas.
            En los días siguientes visité lugares tan entrañables como la mítica ciudad nabatea de Petra, Monte Nebo, Jerash. Buceé en el mar Rojo, floté en un escaso palmo de agua en el mar Muerto. Recorrí la ruta de los castillos del desierto, incluido el castillo donde Laurence de Arabia instaló su cuartel general. Me adentré en el desierto de Wadi Rum, compartiendo té y pan en una jaima beduina perdida en mitad de la nada. Disfruté de la soledad y el silencio nocturno del desierto, algo incomparable, por cierto.
            En aquellos días, los hoteles estaban llenos de súbditos kuwaitís que huían de su país tras la invasión iraquí. El ejército jordano estaba en alerta. Se veían policías y militares por todas partes, pero en ningún momento sentí sensación de peligro alguna. Tanto la policía como los militares nos trataban de forma amable y educada. Se palpaba un ambiente de preocupación, pero no de peligro.  
            La noche antes de regresar a España, llegó al hotel otro grupo de españoles que nos dijeron que según las noticias españolas, todos los turistas extranjeros llevábamos varios días recluidos en los hoteles. Totalmente falso.
            Y llegó el día de la partida hacia España. Por una parte estaba deseando regresar para ver a la familia, tranquilizarla y contarles todas las cosas que había visto y vivido. Pero por otra parte no me apetecía nada marcharme, me sentía muy a gusto allí, en Jordania, en mi otro país.
             
           

           

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