domingo, 26 de abril de 2015

EL ORO REBELDE


Batalla de Saratoga, Septiembre de 1777

 

Seguía lloviendo. Desde hacía unos días no había dejado de hacerlo. El soldado Iborte, fusilero adscrito al primer batallón del segundo regimiento del ejército colonial, llevaba todo el día a remojo.
Se encontraba agazapado en una minúscula trinchera que había excavado con la ayuda de sus dos compañeros en cuanto se percataron que la artillería británica hacía acto de presencia y que permanecer en campo abierto era poco saludable.  
Solo disponían de las bayonetas, algún cuchillo y sus propias manos para poder cavar, por lo que la trinchera dejaba bastante que desear.
La profundidad no era mucha y además, después de toda la lluvia caída, el fondo estaba completamente encharcado, lo que hacía aún más incómoda y penosa su situación.
Sus compañeros eran dos hermanos procedentes de Virginia. Apenas unos críos. Enrolados de forma voluntaria en el ejército, tal vez para evitar el hambre, tal vez para dejar atrás una vida de granjeros que no les depararía ningún futuro, o tal vez para vivir aventuras, como les prometió aquel veterano reclutador que acudió a su pueblo en busca de carne de cañón para nutrir las compañías de infantería del nuevo ejército colonial.  
El caso era que a estas alturas de la guerra, la vida de granjero ya no les parecía tan mala idea. Y eso que habían tenido suerte: aún estaban vivos. No podían decir lo mismo algunos de los chicos que junto a ellos habían acudido al banderín de enganche. Uno de aquellos muchachos, miembro de la dotación de una batería, había volado literalmente junto a otros cinco hombres cuando el cañón que asistía reventó en mil pedazos. Otro pereció de un balazo en la cabeza cuando un sargento incompetente mandó a su pelotón atacar una posición enemiga, sabiendo que era una misión suicida y que no tendrían ninguna posibilidad. Del resto, no sabían nada. Los dos hermanos podían considerarse afortunados, aún no habían recibido ni un rasguño. Iborte cuidaba de ellos.
Después de luchar en numerosas batallas, en esta guerra y en otras anteriores, Iborte estaba considerado como uno de los mejores soldados del regimiento, veterano curtido y profesional. Los dos hermanos estaban enormemente agradecidos por la suerte que habían tenido al contar con un compañero como él, a pesar de las mil penurias que les hacía padecer. 
La zigzagueante línea de trincheras donde se encontraban, corría a lo largo del límite del bosque que servía de protección al grueso de las tropas del ejército colonial, al mando del general Horatio Gates, en una zona conocida como Bemis Heights. Delante de las trincheras se extendía una llanura, por cuyo lado Este discurría el río Hudson, que en ese momento corría con un caudal considerable debido a las constantes lluvias. En el límite norte de la llanura, en Freeman´s Farm, sobre un promontorio, estaban situadas las tropas británicas, al mando del general John Burgoyne y desde hacía dos días, además, diez baterías de artillería que no habían dejado de sacudir cañonazos desde entonces, aunque con más ruido que efectividad. 
El ejército colonial llevaba diez días repartiéndose estopa con los británicos en esta región al norte de Nueva York. Al principio parecía que la cosa se decantaba por el bando de Los Casacas Rojas, pero estos últimos días los coloniales estaban tomando la iniciativa o al menos eso era lo que les contaban los oficiales, tal vez con la intención de levantar la moral de la sufrida tropa.
En ese momento de la jornada, ya noche cerrada y después de tantas horas de cañoneo inglés, Manuel Iborte estaba bastante harto. Les habían ordenado, a primera hora de la mañana, que mantuvieran esa posición por si a algún enemigo  se le ocurría la genial idea de aparecer para intentar cruzar sus líneas, cosa bastante improbable en vista de la rociada de plomo que estaban descargando desde hace dos días los artilleros ingleses. Pero las órdenes son las órdenes y Manuel era un veterano y sabía cumplir como el primero. Pero a esa hora tan avanzada de la jornada, había cumplido con creces y era el momento del relevo.
El bombardeo había cesado. Los ingleses también debían estar extenuados. Así que, aprovechando la tregua y amparado en la protección que el manto oscuro de la noche le brindaba, se encaramó al borde del agujero dejando a los dos  hermanos allí pero haciéndoles saber que buscaría a alguien para que les relevara. No convenía dejar el puesto desatendido, no fuera que a los ingleses les diera por hacer una excursión nocturna por su línea de trincheras.
Con el mosquete colgado de un hombro y arrastrándose por el barro, llegó a la seguridad de la línea de árboles, fuera del alcance de las balas de cañón.
            Después de haber permanecido tantas horas en la trinchera, el frío le calaba hasta los huesos. Su ropa estaba empapada y llena de barro. Maldijo por lo bajo y se acercó al primer fuego de campamento que encontró, sentándose junto a otros compañeros que reponían fuerzas tras un largo día de escaramuzas. Saludó a los compañeros con un gruñido y se sentó encima de una piedra, junto al fuego.