jueves, 6 de octubre de 2011

REMANDO EN EL MAR

                Como ya he comentado alguna vez, me gusta navegar en kayak. Hasta ahora me había limitado a remar en pantano y río, pero este verano me estrené en el mar.  A pesar de no simpatizar mucho con la playa, el mar me gusta y siempre que puedo procuro subir en algún barco con la familia para hacer alguna excursión.
            Así que este verano me animé a llevar mi kayak a la playa, para probar a ver que tal se me da remar con olas. Mientras aseguraba la embarcación en la baca del coche ya me imaginaba remando en el líquido elemento.
            Cuando llego a la playa deposito mi kayak en un club de piragüismo donde, previo pago de un importe, me dejarán guardarlo. Al día siguiente acudo al club a las nueve de la mañana, su horario de apertura y me encuentro por allí con un montón de chavales entre ocho y quince años, calculo, con sus palas, sus escarpines y sus chalecos,  listos para saltar al agua y comenzar la clase del curso de remo que imparte el club. Me emocioné al ver a tanto crío por allí a una hora tan temprana y practicando un deporte que no es fútbol.
            Antes de meterme en el agua hablo con la monitora de los chavales para que me de algún consejo. Me indica que procure navegar costeando por el lado izquierdo de donde nos encontramos porque “dentro de un rato va a empezar a soplar el Levante y te ayudará a volver hasta aquí con menos esfuerzo”. Palabras textuales. Miro hacia el mar. En ese momento su superficie es lisa como un espejo. Esta va de listilla, me digo. También me recomienda que procure no caerme al agua. ¿Por qué? pregunto. Porque este verano viene cargadito de medusas. Pues empezamos bien, pienso.
            Me uno a la fila de chavales,  que con sus kayaks al hombro, van saliendo del  club y depositando  las embarcaciones en la orilla, a la espera de la monitora.
            Yo por mi parte, me pongo en un ladito para no molestar y me coloco el equipo: chaleco, escarpines, guantes (los mismos que uso para la MTB), gafas de sol y gorra. Coloco la cartera y el teléfono en el bote estanco, donde también guardo una herramienta multiuso, algo de cuerda  y un chubasquero,  y un protector solar que nunca me acuerdo de usar. Coloco el bote en el tambucho de popa (la parte trasera del kayak) y una vez listo deslizo la embarcación hasta el agua y me embarco. Coloco los reposapiés en una posición cómoda y dejo la botella de agua a mano. Comienzo a remar, despacio, cogiendo ritmo. Delante tengo un buen montón de barcos fondeados y me entretengo leyendo sus nombres en las amuras o en el espejo de popa. Se ve alguna medusa, pero nada preocupante. Al salir de la zona de fondeo el agua comienza a rizarse y empiezo a notar algo de viento que según me voy adentrando en el mar se va haciendo mucho más notable. Pues igual tiene razón la monitora. Y el número de medusas por metro cuadrado también aumenta de forma considerable, algunas son como balones de baloncesto. ¡Como para caerse!.
            Las olas me llegan por la banda de estribor haciendo peligrar la estabilidad del kayak, es decir que vienen por la derecha y a poco que me descuide me van a volcar y el agua ahora si que es una fiesta de medusas que te jiñas, hoy debe haber concierto de alguna estrella del rock medusil.
            Giro el kayak para enfrentar la proa hacia las olas y empiezo a saltar y a pegar pantocazos. Decido dar la vuelta y regresar hacia la zona de los barcos fondeados, más protegida.
            Hay un buen número de  barcos como ya he dicho, los hay grandes y pequeños, a motor y a vela, de fibra y de madera. Uno de madera en concreto, con matrícula holandesa me llama la atención. Es una maravilla de barco, muy cuidado, el tipo de barco en el que me gustaría navegar. Nada de fibra ni plástico, solo madera y metal. Paleo a su alrededor, deleitándome. No tiene nombre, ni en las amuras ni en el espejo. ¡Qué curioso! Pienso. Me alejo de él con pena y me dirijo hacia la orilla. En ese momento una fila de intrépidos chavalines palean decididos, pegados a las redes que separan la zona de baño de la zona de navegación, bajo las órdenes de la monitora, que al verme me pregunta que tal lo llevo. Decido dar de nuevo la vuelta y palear junto al grupo, también cerca de la red, donde parece que el oleaje es menor.
            Al cabo de un rato, ya más hecho a remar entre las olas, decido separarme del grupo y seguir solo. Ahora las olas me divierten. Ya le he cogido el tranquillo y estoy disfrutando de verdad.  Consigo llegar al punto que me he fijado como objetivo. Paro un momento a descansar, dejándome arrastrar por las olas. Aprovecho para sacar alguna foto y beber un poco de agua. Que gozada. En mitad del mar, navegando con una pequeña embarcación. No dependo de ningún motor, no dependo del viento, solo dependo de mi mismo. ¡Qué sensación!
            En fin, decido regresar. La vuelta se hace muy corta. Navego sobre las olas y prácticamente sin esfuerzo me planto delante de las instalaciones del club. Saco el kayak del agua y lo dejo en una rampa de cemento donde lo lavo con agua dulce. Una vez limpio y con la ayuda de uno de los chavales que andan por allí lo guardo de nuevo en el interior del club dando por finalizada mi primera salida en el mar.
           

lunes, 3 de octubre de 2011

LAS MUJERES DE ALDEA DEL FRESNO

            Hoy desde mi página quiero rendir un pequeño homenaje a las mujeres de la localidad madrileña de Aldea del Fresno.
            Me explico: El pasado fin de semana, días 1 y 2 de Octubre, se organizaron en este pueblo una serie de actividades sociales, deportivas y culturales con el fin de recaudar fondos para enviar al pueblo de Somalia y contribuir en lo posible a evitar  que los habitantes de ese país sigan muriendo de hambre.
            Pues bien, asistí tanto el sábado como el domingo como visitante y participante en esas actividades (ya contaré mi experiencia en la marcha de MTB en otro artículo) y pude contemplar como las mujeres de esta localidad, abuelas, hijas y nietas, cuando toca ser solidarios, son las primeras que se lanzan de forma voluntaria y desinteresada a   organizar lo que haga falta en causas como esta.
            De forma voluntaria y desinteresada, enfundadas en sus camisetas de color naranja con el título de voluntarias estampado en ellas,   se preocuparon y empeñaron  tanto en la organización de las distintas actividades como en  la elaboración de los aperitivos (unas magníficas migas), la comida (riquísimas patatas con carne), postres de todo tipo,  preparación de las mesas para tantos comensales e incluso una obra de teatro a la que por desgracia no puede asistir … en fin, que miraras para donde miraras por todas partes veías las camisetas naranjas, empeñadas en múltiples tareas.
            Otro magnífico detalle de las mujeres aldeanas fue el tentempié que nos proporcionaron al final de la marcha de MTB (también hay que reconocer el mérito de los hombres de Aldea, en este caso Agustín Calvo junior, que organizó la marcha en muy poco tiempo).
            A pesar de ser foráneo me unen fuertes vínculos con esta localidad (estoy casado con una aldeana) y me llena de orgullo saber que cuando la ocasión lo merece, y esta ocasión lo merecía, que mejor causa que recaudar fondos para los más necesitados, este  pueblo se remanga y se pone manos al asunto sin más interés que el aportar su granito de arena para mejorar este mundo, en unos tiempos tan difíciles que por desgracia nos ha tocado vivir.
            Me gustaría que acciones como estas sirvieran de ejemplo al resto de los españoles. No hace falta pertenecer a ninguna asociación, oenegé o partido político para intentar hacer de este mundo un lugar un poco mejor. Simplemente hay que pensar un poco más en los demás, ser un poco más humanitario, ser un poco más solidario,  o ser simplemente como las mujeres de Aldea del Fresno.

jueves, 22 de septiembre de 2011

EL FINAL DEL VERANO


                         Ahora si que se acabó el verano. Adiós, hasta el año que viene. Y ya está aquí el otoño. Bienvenido. ¿Otra vez por aquí, como pasa el tiempo verdad? Si parece que fue ayer.       
            Ahora si que, afortunadamente, dejaremos de hablar de las magníficas vacaciones que hemos pasado,  para comenzar  a planificar las próximas, las de Navidad. Por supuesto, en breve empezaran los anuncios de lotería, juguetes, colonias, turrones… . Sin apenas tregua.
            Además, desde hace unos años, las estaciones se suceden sin apenas transición. Un día paseamos en bermudas y chanclas y al día siguiente botas y forro polar. Sin aclimatación ni hostias, que no están los tiempos para chorradas ni absurdas perdidas de tiempo. Y así ocurre, que en el mes de Septiembre te pillas unos catarros de cagarse. Por la mañana frío, a mediodía calor asfixiante, por la noche, como todavía duermes en bolas y sin edredón, porque mentalmente te niegas a aceptar que ya se ha acabado el verano, pasas un frío del carajo.
            En la tele, de un día para otro, deja de sonar Georgie Dann con sus choricitos parrilleros cocinados en su magnífica baaarbacooa  y dan paso al turrón mas caro del mundo, al calvo de la lotería, los “Supermegatransformes” o las “Nintendo 6D 16 válvulas GTI”.
            Yo creo que lo hacen para que no nos deprimamos, para que el cambio de: “¡Que bien me lo paso en vacaciones!”  a  “¡Joder, que rápido se me han pasado las vacaciones, si ya estoy otra vez en el curro!”  no nos afecte o nos afecte menos.
            El primer día de la vuelta al curro/cole todo el mundo echa mano de los calendarios en busca del puente perdido. Es graciosísimo: “A ver, si me cojo el día de la Inmaculada y empalmo con la Constitución, me marco un puente de órdago… O me pillo un día de asuntos propios que empalmando con el fin de semana y Santa Rita la Cantaora…voy a llamar a mi mujer para que no guarde los bañadores”.
            Para troncharse.
            También es tiempo de empezar a bajar esos kilitos que nos trajimos de las vacaciones, incomprensiblemente por cierto: “Si este verano me he cuidado un montón”. Claro, nunca contabilizamos las dieciséis arrobas de cerveza que nos hemos metido al cuerpo. Todo el mundo se apunta al gimnasio, a correr, a las dietas Duncan Dhu o como se llamen. Todo el mundo se organiza y queda con los amigos para salir a correr, al menos tres días a la semana. Sales un día y al siguiente ya no puedes porque te viene fatal: “Uf, menudo lío tengo” , ”Hoy he quedado” o cualquier excusa parecida.
            Me troncho.
            En fin queridos amigos, bienvenidos a la rutina.          

LA TRAVESÍA

            Los acantilados de hielo azul, de una belleza extraordinaria, se perfilaban en el horizonte a la luz del amanecer. Una vez más se sintió cautivado por el paisaje, natural  y  salvaje. El silencio arrebatador, sólo roto por el ruido del paleo sobe el agua y por algún desprendimiento de hielo, era casi hipnótico. La mañana prometía buen tiempo, dentro de lo que cabe, por supuesto. El mercurio no había subido de los quince grados negativos desde hacía unos cuantos días. Pero al menos no había viento.
            Hacía una semana que navegaba en solitario dentro de su kayak. La embarcación, de cuatro metros y medio de eslora y apenas sesenta centímetros de manga, se veía insignificante en aquel entorno.
            Había pasado la noche en un enorme témpano de hielo al que había llegado la tarde anterior. La deriva de su islote flotante le había acercado durante la noche unas cuantas millas a su destino: los enormes acantilados que ahora veía cortando el horizonte a algo más de medio día de distancia. Cuando recaló en el iceberg no tenía ni idea de donde había decidido acampar, pero al inspeccionar los alrededores en busca de posibles depredadores inoportunos, descubrió la naturaleza del suelo que pisaba. En un principio no le pareció el lugar más idóneo para pasar la noche, pero una vez comprobado el rumbo del iceberg, coincidente con el suyo, decidió ahorrarse unas cuantas horas de paleo y aprovechar la deriva del enorme bloque de hielo.
            Descargó primero la pequeña tienda que portaba en el  tambucho de popa y se dispuso a instalarla en el lugar más protegido. La tienda era lo último en ligereza y resistencia, perfecta para travesías por zonas de clima extremo, como era el caso. Cuando terminó de instarla sonrió al ver como destacaba su color rojo chillón en el blanco azulado del témpano. Parecía una guinda sobre un merengue. Sacó la cámara de fotos del bolsillo superior derecho de su chaqueta y fotografió la escena. La oscuridad de la noche se iba adueñando del paisaje así que se apresuró a sacar de los tambuchos el resto del material de pernocta y los utensilios de cocina.
            La tienda, a pesar de su reducido tamaño tenia espacio suficiente para no dormir agobiado entre los bultos del equipaje. Se preparó una sopa caliente con la potente cocinilla de gas -también lo “último” en este tipo de accesorios- que acompañó con un contundente plato de judías. Se acostó pronto.
            Ahora, mientras navegaba en dirección a los acantilados, calculaba mentalmente las millas que se había ahorrado acampando “abordo” del iceberg. Al ritmo que navegaba seguramente llegaría antes de mediodía. Lo que le traía de cabeza era dónde desembarcar una vez llegara a su destino. Detuvo el kayak unos instantes, mientras observaba con los prismáticos los cada vez más cercanos acantilados. No divisaba ningún resquicio en los mismos. Tendría que costearlos hasta encontrar algún sitio donde poder desembarcar, Volvió a echar un vistazo con los prismáticos. Tanto hacia el norte como hacia el sur, las paredes de hielo se perdían en el horizonte. Se resignó. Seguramente habría que escalar sus heladas paredes si quería acceder a su cima y encontrar lo que andaba buscando…
           

miércoles, 6 de julio de 2011

NO SOPORTO LA BASURA EN EL CAMPO

            El sábado pasado por la mañana inicié, por fin, mi temporada de kayak.
            Me levanté temprano, a las 7:45. Tras el oportuno aseo y desayuno, me visto y preparo el kayak para cargarlo en el coche. A las 8:30 ya estaba en carretera, en dirección al pantano que hay cerca de casa y uno de los lugares donde suelo realizar mis actividades acuáticas.
            A las nueve de la mañana ya tenía el kayak en el agua. La zona donde embarco es una cómoda rampa, donde se entra y sale del agua con mucha facilidad y además está cerca del lugar donde aparco el coche, pero también es una zona donde las aguas arrastran toda la porquería que arrojan al pantano los “domingueros”. El sábado encontré litronas, vasos y botellas de plástico, zapatillas, flotadores, bolsas… un basurero vaya.
            Y si no es en el pantano es en el río o si no en cualquiera de los caminos que recorro con la bici. Me pongo malo cada vez que veo restos de botellones tirados por ahí. ¿Pero tanto cuesta recoger la basura y tirarla en algún contenedor o papelera? Si no les importa cargar con la bebida hasta el campo, que se lleven la basura igualmente. En mitad del campo no va a ir nadie a limpiar la basura y va a permanecer allí para los restos.
            A mi también me gustaba beberme unas litronas con los amigos, pero coño, al menos recogíamos la botella, aunque sólo fuera para que el bodeguero de turno nos diera algo de pasta por el “casco”.
            Afortunadamente todavía quedan lugares, que por su dificultad de acceso, siguen más o menos libres de porquería, porque esta gentuza suele ser bastante vaga por naturaleza y poco dada al esfuerzo, así que de momento estos lugares se ven libres de chusma y sus estragos.     
            En fin, que el campo no es de todos, no es lugar para que los imbéciles puedan hacer el gilipollas  y campar a sus anchas. Para eso mejor que se queden en su puta casa y se rodeen allí de mierda, que es dónde mejor se desenvuelven y más a gusto están y que dejen el campo tranquilo, que no es apto para este tipo de animales.
           
             

martes, 14 de junio de 2011

El ENIGMA DEL KANCHENGAN

   
               La noche les sorprendió en medio de una tormenta de nieve y a una altitud de más de siete mil metros. Enfundados en sus trajes de plumón y protegido el rostro con la capucha y las gafas de ventisca caminaban, o mejor dicho, se arrastraban por una peligrosa arista con una caída por ambos lados de más de mil metros.
            Los dos montañeros progresaban arista arriba debidamente encordados y a una distancia de tres metros uno del otro.  La arista terminaba en una falsa cima, situada a tan solo veinte metros de su posición. En la última hora apenas habían podido ascender treinta metros, el fuerte viento y la nevada hacía muy complicada la ascensión, pero si querían seguir vivos tendrían que darse prisa y llegar cuanto antes a la falsa cima donde podrían montar la tienda al resguardo de las rocas que conformaban el risco.
            La sensación térmica en ese momento debía andar cerca de los cuarenta grados bajo cero, así que si no espabilaban y se resguardaban pronto, sus posibilidades de supervivencia eran mínimas o más bien nulas.
            Conscientes de su situación los dos hombres apretaron el paso y se esforzaron al máximo para conseguir llegar hasta las rocas. La forma física de ambos era magnífica pero en esas condiciones hasta el mejor atleta sufría considerablemente.
            Cada paso que daban era un esfuerzo sobrehumano que tenían que acompañar con una pausa de al menos cuatro minutos, hasta que su corazón calmaba los galopantes latidos. Poco a poco se fueron acercando hasta el risco y por fin consiguieron alcanzarlo. Se resguardaron en la cara sur de la falsa cima, entre las rocas. No podían sacar la tienda debido al fuerte viento. Si lo hacían corrían el riesgo de perderla. Exploraron la zona buscando algún resquicio entre las rocas, donde resguardarse. Encontraron un hueco entre dos enormes rocas y sin pensárselo dos veces lo atravesaron. El hueco era muy estrecho. Se tuvieron que quitar las mochilas para poder pasar. Entró el primer montañero y el segundo le pasó las mochilas antes de entrar.
            Una vez dentro se tumbaron en el suelo durante unos largos minutos para recuperarse, mientras observaban su refugio y daban las gracias por la suerte que habían tenido de encontrarlo. Unos minutos más expuestos a las extremas condiciones del exterior y hubieran perecido. 
            El refugio tenía un tamaño aproximado de veinte metros cuadrados y una altura de tres. No era una cueva sino un hueco formado entre las rocas. Todos los resquicios estaban sellados con nieve por lo que el viento apenas se sentía en el interior.
            Uno de los montañeros se levantó y colocó su mochila en el hueco de entrada para aislar aun más el refugio. Su compañero mientras tanto escudriñaba el lugar, iluminando con su frontal.
            De repente detuvo el haz de su linterna sobre un bulto semioculto en la parte más profunda del refugio. Llamó a su compañero, todavía empeñado en taponar la entrada. Le señaló el bulto y ambos se acercaron a él. Era un cuerpo, o lo que quedaba de él. 
            Ambos se miraron sorprendidos. Se suponía que el kanchengan, la  montaña en la que se encontraban,  nunca se había intentado escalar con anterioridad, dada su enorme dificultad. Si al día siguiente conseguían subir a la cima principal, situada a unos cuatrocientos metros más arriba, serían los primeros en conseguir hollar su cima. O al menos eso era lo que se creía.
            Casi se había cumplido el año desde que los dos montañeros iniciaran las gestiones para solicitar los permisos necesarios para ascender esta montaña nepalí. El Kanchengan ni siquiera estaba en el catálogo de picos autorizados para su escalada, por lo que tuvieron que acudir a muchas puertas y suavizar los trámites con algunos dólares. Por fin tras dos meses de andanzas y con la promesa de contratar sherpas locales, consiguieron los permisos de escalada, no sin antes pagar por adelantado los salarios de los sherpas, debido a la poca confianza que tenían las autoridades en que los dos montañeros consiguieran regresar con vida.
            Ahora, que tras enormes dificultades se encontraban a pocos metros de alcanzar su objetivo, era posible que no fueran los primeros en ascender el Kanchengan. Les vino a la memoria el caso de Irvine y Mallory en el Everest.
            Dejando a un lado el horror que les producía tocar el cadáver, los montañeros lo examinaron detenidamente. Llevaba ropa y equipo de montaña muy antiguos. La ropa parecía formar parte de una especie de uniforme. En la chaqueta todavía se conservaban unos emblemas cosidos en las mangas y sobre el bolsillo superior derecho, en la parte delantera. Aquellos emblemas, a pesar de estar ajados y  descoloridos, les resultaban familiares.
        
             
           
           

viernes, 3 de junio de 2011

UNA AMIGA FIEL

             Desde mi más tierna infancia, o mejor dicho, desde que tengo uso de razón –estas dos circunstancias no siempre van unidas- mantengo una entrañable y fiel amistad, no con una persona, eso sería prácticamente imposible, lo de mantener una amistad con personas durante tantos años quiero decir. Insisto, mantengo una entrañable y fiel amistad con algo tan sencillo, o complicado, según se mire, con algo tan etéreo –no confundir con estéreo, aunque en este caso también sería  apropiado- tan inmaterial, como es la música.
            La música siempre me ha acompañado y me acompaña. Siempre ha estado y está ahí, como una amiga fiel, en los mejores y en los peores momentos. Siempre. No recuerdo haber pasado ni un solo día sin escuchar alguna melodía –esta última frase podría utilizarse perfectamente en la letra de una canción – Como decía, la música siempre está presente en mi vida, posiblemente venga de familia ya que mi padre como ya he contado en alguna ocasión se ganó la vida, en otros tiempos, con una guitarra a cuestas.
            La escucho prácticamente a todas horas, desde que me levanto hasta que me acuesto,  incluso cuando duermo.
            Me gusta. Me gusta casi de manera obsesiva. La escucho en el trabajo, en casa, cuando viajo, cuando salgo con la bici, cuando subo a la montaña, cuando remo con el kayak, cuando paseo...
            Escucho de todo, salvo excepciones por supuesto. Además la música es muy gratificante, sirve como anti-depresivo, sirve como estimulante, sirve para enamorar, sirve para desenamorar, sirve para amansar a las fieras, sirve para enfurecer a los mansos, sirve para cabrear al vecino, sirve para cabrearte con el vecino, sirve para aterrorizar, sirve para alegrar,… ah y también sirve para bailar.
            Creo que nunca se inventó nada tan barato y que sirva para tantas cosas, a excepción de la aspirina por supuesto.
            Se puede hacer sonar, se puede cantar, se puede acompañar. La música evoca situaciones, personas, momentos, lugares, te trae buenos recuerdos. No conozco a nadie que diga: “esta canción me trae malos recuerdos”, siempre es al contrario.  
            Es infinita, es para todos los gustos, para todas las razas, para todas las religiones,  es para todo tipo de personas, es para todo tipo de estados de ánimo, es para todas las edades, es para listos, es para menos listos, es para ellas, es para ellos.
            Si volviera a nacer, seguro que me dedicaría a la música. Dependiendo de la época en la que volviera a este mundo no sé si sería un trovador o un rockero, pero seguro que me ganaría la vida canturreando por ahí.
            La música ha significado y significa mucho para mí, pero sobre todo, la música es… una amiga fiel.