viernes, 25 de marzo de 2011

¿Disfrutar de la vida o verla pasar?

             Soy una persona muy desgraciada. Tengo la puñetera mala suerte de haber tenido unos padres que nunca han parado quietos, siempre les ha gustado y les sigue gustando meterse en distintos fregados. Y por desgracia yo he heredado esa maldición.
            Me gustaría ser como alguno de mis conocidos, que no tienen otra cosa que hacer que ir del trabajo a casa y de casa al trabajo. Sentarse en casa a ver la tele y poco más. Pues en el fondo les tengo envidia. Porque yo siempre ando metido en historias, ideadas por mí o ideadas por terceros, que al fin y al cabo viene a ser lo mismo.
            Y eso que como trabajador por cuenta ajena y padre de familia queda poco tiempo para aficiones o diversiones varias. Pues aún así no se como lo hago pero siempre estoy enfrascado en alguna historia.
            Cuando no me llaman para ir a montar en MTB me llaman para alguna salida montañera, o un partido de padel, o una travesía en kayak, o una barbacoa, o un cumpleaños, … o que se yo. Y si no me llama nadie soy yo el que busca cómplices para alguna de estas “aventuras”. Y si el tiempo no acompaña para realizar actividades al aire libre, me planto delante del portátil  a escribir en el blog o alguna página de esa novela que empecé a escribir hace un par de años y que nunca encuentro el momento de acabarla, o leer a alguno de mis escritores favoritos, o a tocar la guitarra, que ahora a mis cuarenta y tantos me he empeñado en aprender a tocar y conociéndome como me conozco aprenderé a hacerlo, seguro.
            A veces me puede el cansancio y me tiro en el sofá, al que abrazo con gusto, pero o bien me reclama la parienta, o los niños, o me acuerdo de algo que tengo pendiente, o empiezo a darle vueltas a alguna nueva ocurrencia … o que se yo. El caso es que no consigo hacerme amigo de mi sofá.
            A veces me gustaría ser de los que han optado por no dar más sentido a su existencia que quedarse contemplando como pasa la vida.
            En fin, que envidio a la gente que dice que se aburre, que no sabe qué hacer, porque a veces a mi también me apetecería sentarme a no hacer ni pensar nada.
            O igual no sirvo para eso, o igual es que me gusta disfrutar y vivir la vida y hacer o intentar hacer el mayor número de cosas porque en definitiva, la vida son solo cuatro días.
              

lunes, 21 de marzo de 2011

PICO ALMANZOR (parte II)


                  Amanece. No he dormido muy bien esta noche y ya estaba deseando que amaneciera para ponernos en marcha. Pero el caso es que ahora hace frío y da pereza salir del calorcito confortable del saco de plumas.  Por fin me decido a salir del saco. Me pongo los pantalones y el forro polar y me siento sobre una piedra a desayunar unas barritas energéticas y agua. Fer también se ha levantado y hace lo mismo que yo. Cuando terminamos  damos la vuelta a los sacos para que se aireen, antes de guardarlos en su funda. Dentro de mi saco aparece la puta araña que se ha estado paseando toda la noche por mi cara, y yo pensando que sería un hilo o alguna pluma del saco.
            Recogemos todo y bajamos hasta el refu para dejar parte del material en una de las casillas que alquilan. Nos aseamos en los lavabos de los pestilentes baños, cogemos agua y nos preparamos para salir hacia la cumbre del Almanzor.
            La mochila ahora pesa muy poco y no me molesta, pero solo pensar en la subida hasta la cumbre ya me cansa. Fernando toma la delantera y empieza a subir saltando de piedra en piedra a un ritmo que yo no puedo seguir. Le dejo hacer, ya me esperará donde sea. Se da cuenta y baja el ritmo. Llego a su altura y le mando a tomar por culo por meter ese ritmo. El cabronazo está muy fuerte y no hay quien le siga. La subida se hace interminable y aún estamos haciendo la parte fácil. Llegamos a un pequeño nevero. Es una pena ver como los neveros que suelen permanecer durante todo el año se van haciendo más pequeños de año en año. Al final lo del cambio climático va resultar verdad.
            Seguimos subiendo. Entramos en la canal Bermeja, llena de piedras y sueldo descompuesto. Nos salimos de la canal y entramos en un callejón de bloques que nos lleva hasta la portilla del Crampón. De aquí a la cumbre ya no queda nada. Subimos por una serie de bloques que nos deja a escasos metros de la cumbre. El último tramo ya es de escalada pura y dura, pero muy sencilla. Sube primero Fernando y luego le sigo siguiendo sus explicaciones. Llegamos a la cumbre.
            Las vistas son espectaculares. Saco unas cuantas fotos para la posteridad. Permanecemos solo unos instantes en la cumbre. Su tamaño es muy reducido, no caben más de dos personas y ya hay gente haciendo cola para subir. Descendemos una especie de escalón para dejar sitio. Hay que andar con muchísimo cuidado ya que estamos muy expuestos. Esto se está llenando de gente y no podemos casi movernos así que decidimos bajar. Destrepamos y bajamos hasta una zona segura. Hacemos una parada técnica para evacuar fluidos y por qué no decirlo, fumarme un cigarrito que me sabe a gloria. Decidimos seguir un camino distinto al de subida. Vamos a ir hacia La Galana, la otra gran cumbre de Gredos y que Fernando quiere hacer hoy. Si el camino por el que hemos subido era jodido este no tiene nombre. De momento por aquí no hay nadie. Por algo será. De hecho ni siquiera se aprecia camino. Nos guiamos como podemos por algún hito que si se ve de vez en cuando. El “camino” se ve interrumpido varias veces por profundas barrancas que hay que rodear o descender y volver a subir por el otro lado. Conclusión: que llevamos una paliza en el cuerpo importante, bueno al menos para mi. Le digo a Fer que le espero por aquí y si quiere que sube el La Galana, que yo no me veo con fuerzas. Tomamos la decisión de bajar de nuevo al refugio. Ya es medio día y el sol atiza de lo lindo. Nos detenemos en el fondo de una de las barrancas a descansar y protegernos un poco del sol. Comemos algo y nos tumbamos a descansar.
            Una hora y pico después seguimos la marcha en dirección al refugio, al que llegamos sin novedad a media tarde. Entramos en el refu y nos pedimos unos bocadillos y unas cervezas. Pasamos el resto de la tarde en el refugio que a esa hora está muy ambientado. Hay un montón de gente en la plataforma de la entrada. Cuando empieza a caer el sol y ya andamos saturados de cerveza recogemos las mochilas y el material que habíamos dejado por la mañana en la casilla alquilada y subimos hacia el vivac que usamos anoche y que hoy volveremos a usar. Cenamos algo y nos acostamos. El cansancio hace estragos y esta vez el sueño llega enseguida. Duermo mejor que la noche anterior y al día siguiente me despierto más descansado, a pesar del dolor de piernas.  Bajamos de nuevo al refugio a desayunar y luego nos cargamos las mochilas en dirección a la Plataforma y la furgoneta.
            Bordeamos la laguna e iniciamos la subida hacia los Barrerones. Se me hace muy larga. Las piernas me pesan, la mochila me pesa. Con la excusa de sacar unas cuantas fotos me detengo de vez en cuando para descansar. Llegamos por fin al alto de los Barrerones. A partir de aquí ya todo el camino es cuesta abajo. Llegamos a medio día al aparcamiento de la Plataforma. El aparcamiento está saturado. Las pozas que hay por la zona están llenas de gente chapoteando. Picamos algo y nos montamos en la furgo en dirección a Los Galayos para intentar alguna otra ruta. Llegamos al restaurante del camping de Guisando justo a la hora de comer. Estoy tan cansado que me cuesta hasta subir un par de escalones en la entrada del restaurante.
            Nos sentamos en la terraza y pedimos un aperitivo. El camarero nos recita la carta. Nos decantamos por unas migas de primero y unos chuletones de Ávila de segundo. Aparece al rato el camarero con unos platos de migas con chistorra y huevo frito. Después del suculento y calorífico plato le digo al camarero que me sirva el chuletón más pequeño que tenga, que casi no tengo hambre. El tipo se lo toma como una ironía y me trae un pedazo chupetón que desborda el plato por todas partes. No puedo ni con la mitad. Estoy que reviento. Pasamos del postre, pero no de unos licorcillos de la tierra que ingerimos como digestivos para intentar bajar la comilona. De los licores pasamos a los cubatas, mientras hacemos planes para la tarde, decidiendo que ruta vamos a hacer. Cuando nos levantamos de la mesa hora y pico larga después no puedo ni moverme, tengo las piernas muy machacadas. Decidimos coger la Furgo y regresar a casa y dar por terminado nuestro trekking por Gredos.
                       

jueves, 17 de marzo de 2011

PICO ALMANZOR (parte I)

                  Una calurosa tarde de primeros de agosto, de esas de cuarenta a la sombra, suena el telefonillo de casa justo cuando la modorra post almuerzo estaba haciendo estragos en mi cuerpo y me tiene prácticamente, por no decir totalmente, “sobao”. Me despierto y me levanto del sofá de un salto. No se ni donde estoy. Tardo unos segundos en reaccionar, justo cuando escucho un segundo timbrazo, largo, como de mala hostia.  Por fin me espabilo e identifico el estridente sonido. Descuelgo el telefonillo de mala gana. ¿Quien cojones será el tocapelotas que me acaba de joder la siesta? me pregunto. Es mi amigo Fer o Fano o Fernando, por cualquiera de estos nombres se puede uno dirigir a él. Durante unos segundos me acordé de su santa madre, hasta que caí en la cuenta que habíamos quedado a esta hora para largarnos a la sierra de Gredos para hacernos unos pateos y subir el Almanzor.
            Le abrí la puerta y le dejé pasar, increpándole entre risas que no eran horas de molestar.  Una vez terminadas las paridas y bromas de turno me ayuda a recoger mis bártulos y los metemos en su furgo. Me despido de la familia y partimos por la carretera de Extremadura en dirección a la sierra, donde emularemos a la cabra montes autóctona durante tres o cuatro días.
            Durante el viaje vamos charlando de temas que a ambos nos gustan: la montaña y la vida al aire libre en general.
            Dejamos la autovía de Extremadura a la altura de Talavera de la Reina y cogemos la N-502 en dirección Ávila.
            El paisaje ya va cogiendo algo de relieve pero la carretera se hace más lenta. Dejamos atrás Ramacastañas y empezamos a subir dirección al puerto del Pico. Aquí ya se empiezan a ver las consecuencias del trágico incendio de hace unas semanas que asoló la región.
            Llegamos a Hoyos del Espino, donde paramos a tomar un café y a estirar un poco las piernas. Llamo a casa para decir que hemos llegado bien.
            Volvemos a montarnos en la furgo y en poco tiempo llegamos a la plataforma de Gredos. Sacamos las mochilas. Dejo parte del contenido de mi macuto en el maletero, aún así mi mochila pesa mucho más que la de Fer. Intento engañarle pasándole algo de mi material para que lo portee él y se niega rotundamente. Es un montañero curtido ya en mil batallas y a este no le engañas ni de coña. Me coloco la mochila con resignación y emprendemos la marcha. Son aproximadamente las siete de la tarde la temperatura es muy agradable. La montaña en verano es una gozada, bueno y en invierno también.
            Cogemos la senda empedrada que parte del aparcamiento. Por esta zona se ve algo de gente pero según vamos ascendiendo, la montaña se va quedando solitaria. El camino nos lleva hasta el Prado de las Pozas atravesado por el río Pozas. Cruzamos el río por un puente de cemento y seguimos ascendiendo.
            Hace años que hice esta ruta y la recuerdo muchísimo más concurrida. Por la hora que es, será raro cruzarnos con alguien.  Llegamos a la fuente de los Cavadores y hacemos una parada. Ya estoy hasta las narices de la mochila, ¿por qué pesa tanto? Ya solo queda la última cuesta hasta los Barrerones, luego todo cuesta abajo hasta la laguna.
            Llegamos a los Barrerones, e iniciamos la bajada hacia la laguna.
La vista es espectacular. Desde aquí se divisan las cumbres del Almanzor y la Galana, nuestros objetivos para mañana. El sol ya empieza a ocultarse, me temo que los últimos kilómetros los vamos a hacer de noche.
            Iniciamos la bajada. Empieza a refrescar así que me pongo el forro polar que saco de la mochila. Se agradece. El sol se ha ocultado por completo y la temperatura baja considerablemente. 
            La bajada es larga pero ya casi estamos llegando a la laguna. Se ha hecho de noche y nos detenemos para sacar las linternas frontales. Vamos bordeando la laguna por su lado izquierdo en dirección al refugio. Después de unos cuantos tropiezos llegamos a las puertas del refugio Elola. Son las diez y pico de la noche.
            Descansamos durante un rato y luego empezamos a buscar un buen sitio para dormir. En los alrededores del refugio es difícil encontrar unos cuantos metros cuadrados planos, donde poder preparar el vivac. Subimos un poco más alto alejándonos del refugio. Por fin encontramos un terreno más o menos adecuado para dormir. Dejamos las mochilas y nos quitamos la ropa empapada de sudor. Nos ponemos ropa seca y hacemos estiramientos. Fernando saca su cocinilla portátil y prepara la cena. Después de la cena charlamos durante un rato y luego preparamos el vivac.
            La noche está muy despejada y además hoy hay luna llena. Aquí no hay contaminación lumínica así que la visión de las millones de estrellas que conforman la cúpula celeste es espectacular. Me dedico a contemplar el cielo dentro de mi saco esperando que llegue el sueño reparador. La luna hace acto de presencia entre las puntiagudas agujas que rodean el circo. La vista es fantástica, de película de miedo. La luna ilumina tanto que parece que han encendido alguna luz. Tanta claridad y que no consigo coger la postura, me impide conciliar el sueño; y mañana hay que madrugar para subir el Almanzor. Siempre me pasa lo mismo en el monte, solo duermo a ratos.
            … continuará…
                       

lunes, 7 de marzo de 2011

A GAVARNIE EN MOTO (parte II)

            Nos volvemos a subir en nuestras motos y dejamos atrás este encantador pueblecito y nos incorporamos de nuevo a la carretera general en dirección a Gavarnie.
            Subimos los míticos  Col D´Aspin y Tourmalet. El Col D´Aspin lo cruzamos sumergidos en una niebla muy densa, por lo que no pudimos apreciar las espectaculares vistas que desde él se aprecian. El Tourmalet estaba más despejado. Recuerdo que paramos en el restaurante que hay en la cima para tomarnos unas cervezas en su terraza. En el aparcamiento había una ambulancia para suministrar oxígeno a los ciclistas que subían asfixiaditos. Este puerto es cansado subirlo incluso en moto así que en bici tiene que ser una auténtica tortura.
            Por fin a media tarde llegamos a Gavernie en medio de una tormenta que nos caló hasta los huesos. Buscamos una zona junto a la carretera, a las afueras de la población, para instalar la tienda. En la zona que elegimos nos encontramos con un par de autocaravanas, cuyos ocupantes nos ofrecieron su ayuda. Justo cuando terminamos de instalar la tienda deja de llover. Colocamos una cuerda y tendemos la ropa para secarla. Preparamos la cena y nos acostamos.
            A la mañana siguiente nos levantamos temprano. Nos lavamos en un arroyo cercano. El agua está gélida pero aún así nos damos un chapuzón para asearnos. Cargamos el equipaje en las motos y salimos en dirección al pueblo de Gavarnie, a escasos kilómetros y que ayer no pudimos visitar debido a la tormenta.
            Aparcamos las motos y nos damos una vuelta por el pueblo. Visitamos varias tiendas de material de montaña y alguna de souvenirs. En esta última cogí prestadas unas cuantas postales que luego, en la terraza de un bar, me entretuve en escribir para mandar a España.
            Una vez vimos lo más relevante de esta población nos dirigimos al camino que sube al circo glaciar de Gavarnie. Dejamos las motos con los cascos, las chaquetas y el equipaje a la entrada del camino. Las atamos como podemos y emprendemos la ruta hasta el circo. No me quedo muy tranquilo. Dejar todo el material simplemente sujeto con unos  “pulpos” no me daba mucha confianza, pero en fin, es lo que hay.
            El camino hasta el circo lo recuerdo largo pero no demasiado duro. Aunque hay que tener en cuenta que en aquella época, con veinte añitos, era incansable. Llegamos por fin a la mítica cascada de Gavarnie, creo que la más alta de Europa. Nos hacemos  unas cuantas fotos  junto a ella, poniéndonos a caldo de agua. Luego nos metemos en los túneles del glaciar para hacernos también alguna foto. Cuando el circo empieza a llenarse de gente emprendemos el camino de regreso.
            Unos horas más tarde estábamos de nuevo a la entrada del camino. Llegamos al sitio donde aparcamos las motos. Nadie las había tocado. Todo parecía estar en su sitio. Eso si, con una capa de polvo de un dedo de gruesa. Me quedé gratamente sorprendido. Con toda la gente que había pasado delante nuestras motos y nadie había tocado nada. No quiero ni pensar si esto lo hubiéramos hecho en casa.
            Subimos a nuestros vehículos y continuamos el camino, esta vez ya con dirección a España pasando por Andorra. Hacemos noche por los alrededores  y a la mañana siguiente, tempranito, recogemos el campamento y emprendemos el regreso.
            El día ha amanecido frío y con niebla. Nos abrigamos bien. Llegando a Pas de la Casa nos sorprende una nevada. Nos quedamos un tanto perplejos pues estamos en el mes de Agosto y no debe ser muy normal. Paramos un momento para equiparnos con ropa adecuada. Un rato más tarde paramos en un restaurante de carretera, ya en Andorra, muertos de frío. A pesar de ir equipados, la ropa tampoco es la más adecuada para la nieve. Me cuesta subir las escaleras del restaurante, tengo las rodillas heladitas. Pido un chocolate caliente y me voy al baño cagando leches –nunca mejor dicho-, llevo unos días un poco revuelto. Beber agua de los arroyos no ha sido muy buena idea.
            Cuando reemprendemos la marcha el tiempo ya ha mejorado. Tanto es así que cuando llegamos a la frontera ya nos sobra la mitad de la ropa.
            Los funcionarios de aduanas nos hacen descargar  las bolsas del equipaje y las revisan de arriba abajo. Les advertimos que no tenemos nada que declarar. Simplemente hemos comprado gafas de sol, algún walkman y alguna chorrada más, nada importante y así se lo hacemos saber al funcionario. No nos hace ni puto caso e insiste en que abramos las bolsas. Así lo hacemos, mientras me cago en sus muertos por lo bajini. Una vez todas las bolsas revueltas no indica que podemos continuar.
            De todas formas no me extraña que nos hayan parado. Me miro en el reflejo del cristal del coche de al lado y me doy cuenta de las pintas que llevo después de tantos días de viaje. No estoy precisamente para ir a una boda.  
            La idea es parar a media tarde en algún sitio para dormir, es decir, hacer el viaje de vuelta en dos etapas, pero estamos tan artos de carretera que seguimos devorando kilómetros sin pausa, con ganas de llegar a casa y descansar dignamente.
            Al llegar a Lérida nos sorprende un viento lateral horrible que nos hace conducir con las motos inclinadas. Llegamos a los Monegros  y el calor es infernal. Nos despojamos de casi toda la ropa. En unas pocas horas hemos pasado de dos o tres grados bajo cero a cuarenta grados a la sombra.
            Estoy hasta los huevos de moto. Quiero llegar a casa.
            Por fin a las dos de la mañana llegamos a Madrid. Dudamos si quedarnos en la capital o seguir hacia la urbanización donde solemos veranear y donde nos esperan. Total, son sesenta kilómetros más. Qué más da después de una jornada de casi mil kilómetros. Paramos un momento en la avenida de Portugal para echar una meada en la tapia de la Casa de Campo y seguimos.
            Los últimos kilómetros pasan rápidamente y a las tres de la mañana entramos en el parking de la discoteca de la urbanización. Se forma un pequeño revuelo de gente cuando nos ven aparecer.
            Nos hemos pegado una paliza de diecinueve horas sobre la moto. Nos tomamos unas copas con los amigos mientras contamos alguna de las aventuras vividas y por fin nos recogemos.
            Me tiré dos días sin salir de casa, constipado y con dolores por todo el cuerpo, pero feliz por lo mucho que había disfrutado del viaje.

viernes, 25 de febrero de 2011

Los tres Carino

              
            Hoy voy a escribir de algo que no tiene nada que ver con lo que escribo habitualmente, pero que me apetece mucho contar.
            Hace unos días volví a escuchar los viejos temas de Los tres Carino y me puse a rebuscar fotos y demás recuerdos de este grupo musical de los ´50 - ´60.
            Los tres Carino lo componían tres hermanos oscenses, Carmen, Joaquín y Ricardo o lo que es lo mismo, mi padre y mis tíos.
            Según dicen los críticos de la época fueron los precursores del pop en nuestro país, aunque prácticamente toda su carrera musical la desarrollaron fuera de nuestras fronteras.
            De la mano de compositores de la talla de Augusto Algueró, recientemente fallecido, o Pedro Iturralde, estos músicos aragoneses hicieron famosas algunas de las mejores canciones de su época en países tan remotos entonces como Irán, Irak, Turquía, Jordania, etc. Incluso se atrevieron a interpretar canciones autóctonas de aquellos países.
            Me encanta sentarme a charlar con mi padre sobre aquella época y escuchar las mil anécdotas que vivieron viajando por medio mundo con sus guitarras a cuestas.
            Comenzaron actuando en fiestas de pueblo y acabaron cantando ante personajes de la talla del rey Hussein de Jordania o el sha Reza Pahlevi y Farah Diba, incluso llegaron a conocer a los entonces príncipes de España Juan Carlos y Sofía.
            Todo empezó cuando en la vieja casa familiar, allá en Huesca, apareció una guitarra en el desván. Ni siquiera tenía todas las cuerdas. Pues con aquel instrumento empezó mi tío Ricardo a aprender los primeros acordes para luego enseñárselos a mi padre. Al poco tiempo se les unió mi tía Carmen, interpretando con su magnífica voz los temas que sus dos hermanos rasgueaban con las guitarras.
            Una vez consolidados como grupo musical, tomaron la decisión de marchar a Madrid, donde se ubicaban las principales salas de fiestas y sobre todo y más importante, las principales compañías discográficas.
            Enseguida se hacen un hueco en el panorama musical madrileño y son contratados para actuar en salas como Pasapoga o Villa Rosa, muy de moda en la época. Sus actuaciones se hacen eco en los principales diarios y son fichados por la discográfica Philips para grabar sus primeros discos.
            En los estudios de grabación coinciden con un chaval andaluz que acababa de llegar a Madrid, un tal Mike River que más tarde se haría famoso con canciones como Bienvenidos o El Blues de la Soledad, pero ya con su nombre de bautismo: Miguel Ríos.
            Con un par de discos en cartera deciden, a instancias de su manager,  dar el salto y salir al extranjero a trabajar con contratos que en España era difícil conseguir.
            Actúan durante meses en Grecia, Turquía, Siria, Irak. Luego regresan a España y son contratados, ya como artistas internacionales, para actuar en su ciudad natal donde son recibidos de forma apoteósica dada la fama que ostentan. De Huesca regresan a Madrid donde ya se establecen junto a la familia, aunque poco tiempo porque vuelven a ser contratados para actuar en el extranjero: Líbano, Irán y finalmente Jordania.
            En Jordania actúan varias veces en el palacio real a petición del mismísimo rey Hussein con el que traban una buena amistad. Renuevan varias veces el contrato jordano y van demorando el regreso a España. Finalmente toman la decisión de establecerse en el país Hachemita, dejando la música de manera profesional y dedicándose a los negocios.
            En esa época, concretamente en el año sesenta y siete  fue cuando me uní a la troupe Carino,  pues a los dos años  de establecerse allí nací yo,  un veintinueve de abril, mientras la aviación israelí bombardeaba la capital jordana.
            Para el recuerdo quedan inolvidables canciones que formaron la banda sonora de mi infancia y que aún hoy disfruto escuchando.
           
           
           


           
           


           
          

miércoles, 23 de febrero de 2011

Monte Perdido en solitario (parte II)

                 A las siete en punto, la hora prevista para empezar el día, se presenta el agente forestal indicando a todos los que hemos plantado tienda que la quitemos. En los alrededores de Goriz no se puede acampar. Te dejan pernoctar con tienda con la condición de que la retires en cuanto amanezca. Otras veces he dejado la tienda instalada durante el día y no me han dicho nada.
            En fin, como uno es un estricto cumplidor de la ley, saco mis cosas de la tienda y la desmonto con resignación. No me apetece nada, hoy me encuentro casi más cansado que el día anterior. He dormido poco. El terreno sobre el que planté ayer la tienda esta inclinado y me ha costado coger la postura para dormir. Además, anoche cuando empezaba a coger el sueño, llegaron unos franceses y montaron su tienda detrás de la mía. Los muy canallas estuvieron un buen rato armando jaleo hasta que por fin se recogieron.
            Guardo mis cosas en la mochila y me voy al refugio a desayunar. Allí alquilo una taquilla y dejo el material de pernocta y parte de la ropa que llevo. Todo eso no me hace falta para subir a la cumbre del Perdido. Después del desayuno entro en la pestilente caseta/w.c. a lavarme y coger agua. Antes de las ocho, junto a un buen mogollón de gente, emprendo el ascenso.
            Ya me encuentro mucho mejor y con las pilas cargadas después de desayunar. Emprendo las primeras rampas a buen ritmo, unido a la caravana de gente que sube hasta la cima. Parece que no avanzo nada pero miro hacia abajo y el refugio ya queda lejos. Ayer pregunté a la gente que bajaba de la cima lo que se tarda en subir desde Goríz a la cumbre y unos me dijeron que un par de horas, otros cuatro, tres. Yo desde luego me lo voy a tomar con calma. La ventaja de ir solo es que puedo hacer las paradas que quiera, cuando quiera y donde quiera. De hecho, cuando acabo de salvar las primeras rampas hago un pequeño descanso. El sol hace acto de presencia y empieza a calentar con fuerza. Me despojo del chaleco polar y lo guardo en la mochila. Sigo la ascensión unido a un nuevo grupo. El paisaje parece lunar. Absolutamente despojado de vegetación y piedras y más piedras. Una hora más tarde empieza a chispear y refresca. Veo que la caravana se divide. Unos cogen un camino que asciende hacia unas paredes justo enfrente de donde me encuentro y otros cogen un camino más llano pero parece más largo. Decido subir hacia las paredes.
            Un rato largo más tarde me encuentro al pié de las paredes. Empieza a llover con más intensidad y el camino se vuelve peligroso, las piedras están muy resbaladizas. Aquí una caía puede ser muy chunga. Me estoy empezando a arrepentir de haber cogido este camino. Me resguardo bajo la pared de la lluvia, junto a otros montañeros. Cuando escampa salimos todos de nuevo, recomendándonos precaución unos a otros.
            Por fin consigo salir de esta zona y me siento aliviado. El tener que caminar extremando las precauciones es agotador. Ahora el camino parece más sencillo y voy recuperándome. Me uno a una pareja de catalanes que llevan un buen ritmo. Nos ayudamos mutuamente en un paso complicado y seguimos la marcha. Ya falta poco para llegar a la laguna al pie del Cilindro, otro de las cumbres emblemáticas de la zona, justo enfrente de Monte Perdido. Los catalanes llevan un ritmo que no puedo seguir y decido aflojar e ir a mi aire. Llego a la laguna y observo a mi derecha la larga subida hasta la cumbre del Perdido, “La Escupidera”. Es larguísima y muy inclinada. Ya estoy muy cansado y solo de pensar que tengo que subir eso me desmoraliza. Me quito la mochila y me tumbo a descansar. Saco unas cuantas nueces y pasas y me doy un atracón. Echo un par de tragos de agua y ya me encuentro mucho mejor. Me levanto y vuelvo a unirme a los que suben.
            La zona de “La Escupidera” es la que ostenta el triste record de muertes de todo el Pirineo. En invierno, un resbalón aquí es casi una muerte segura si no consigues detenerte antes de caer al vacío. Ahora en verano me parece una auténtica putada subir este pedregal. Das dos pasos y retrocedes uno. La piedra está muy suelta. El camino sube zigzagueando y parece que no avanzas nada, pero miras hacia abajo y te das cuenta del desnivel salvado en poco rato.
            La tremenda cuesta acaba en un collado a pocos minutos ya de la cumbre. Hago un breve descanso. Me pongo el chaleco polar porque la temperatura ha bajado considerablemente. Vuelvo a colocarme la mochila y emprendo el último tramo hasta la cumbre. Desde hace rato me voy cruzando con gente que baja ya de la cumbre. Me dan un poco de envidia. Estoy muy cansado ya y deseando llegar.
            Un poco más tarde corono la deseada cumbre de Monte Perdido. La sensación es increíble. Después de años deseando subir, por fin lo he conseguido. Hace frío pero no me importa. Me recreo con las vistas. El valle de Ordesa, el Cañón de Añisclo, el valle de Pineta, la cumbre del Cilindro … La panorámica es increíble. Ahora no me importa ni el frío ni el cansancio. He cumplido con un sueño.
            Cuando se pasa el subidón y los niveles de adrenalina vuelven a su sitio me refugio en una especie de vivac circular hecho con piedras. Allí se encuentran cinco o seis montañeros con las mismas caras de flipados que yo. Intercambiamos enhorabuenas y la comida. Alguien saca un paquete de tabaco y ofrece. La mayoría aceptamos. Nos lo hemos ganado.
            Ahora toca hacer las fotos que inmortalicen tan memorable ocasión. Le paso mi cámara a otro montañero y me hace unas cuantas, desde diversos ángulos. Cuando acaba me pasa su cámara y hago lo mismo.
            Recojo mis cosas, me cargo la mochila y emprendo el regreso hacia Goriz, con cierta tristeza.
            Inicio el camino de regreso junto a una pareja de franceses. Ninguno de los dos habla español y el francés que aprendí en el colegio está un poco oxidado. Finalmente conseguimos entendernos en inglés mezclado con algo de francés.
            Llegamos a “La Escupidera”. No se que es peor, si bajarla o subirla. De repente veo a un “chalao” que baja brincando la empinada cuesta ante la mirada atónita del resto. Como tropiece se va a meter una hostia tremenda y entonces si que va a llegar a Goriz cagando leches, pero en varios trocitos, pienso. Pero el muy cabrón consigue llegar abajo sin caerse, y en pocos minutos. Nosotros tardamos un poco más, pero hemos  corrido menos riesgo.
            La bajada cunde más y en poco tiempo hemos recorrido la mitad del camino. Llegamos a un paso delicado que no había hecho a la ida, por lo menos no me suena de nada. Hay que cruzar una estrecha cornisa colgada sobre un precipicio de varios metros. Da un poco de canguelo pero no queda otra. Soy el último en cruzar. Me meto en la cornisa, inclinándome todo lo que puedo hacia la pared, al lado contrario del precipicio y me agarro a todo lo que puedo. Son unos pocos metros que se hacen interminables. Cuando llego al otro lado respiro aliviado.
            Un poco más adelante nos paramos a descansar y comer algo. Lo hacemos junto a un arroyo. Nos descalzamos y metemos los pies en el agua. Está fría de cojones pero es una sensación agradable después de andar todo el día con las botas.
            Con una pereza horrible me vuelvo a calzar las botas y prosigo la marcha. Ya debemos estar a menos de una hora del refugio. Ya se ve a lo lejos. El francés sale corriendo imitando al tipo que vimos en “La Escupidera” dejando a la parienta conmigo. Estaría cojonudo que se pegara la hostia a quince minutos del refugio. El sabrá lo que hace. Yo mientras tranquilito hasta el refugio y de palique con la gabacha.
            Llegamos a la puerta del refugio y el franchute tuvo la gentileza de esperarnos con una par de cervezas en la mano, todo un detalle. Nos pimplamos una ronda más y me despedí. Recogí el material de pernocta de la taquilla y me fui a montar el campamento. Los franceses aparecieron al rato y montaron su tienda cerca de la mía. Una vez instalados se acercaron a mi tienda y me preguntaron si quería cenar con ellos en el refugio. Acepté encantado.
            Cuando sonó la campana del segundo turno de cenas cerramos las tiendas y entramos en el refugio.  Charlamos durante la cena de viajes y montaña. La francesa me pidió que le explicara como se preparaba una sangría.  ¡Qué típico! ¿por qué se piensan los “guiris” que todos los españoles tenemos que saber de toros, paellas, sangrías, flamenco …? Tuvo suerte la gavacha porque un servidor prepara unas sangrías de gourmet. Después de la cena nos tomamos unos güisquitos que terminamos de bebernos en las tiendas porque los guardas del refugio nos invitaron a abandonarlo dada la hora tan intempestiva. Nueve de la noche, creo recordar.
            Al día siguiente la pareja francesa marchaba hacia Bujaruelo. Me sugirieron acompañarlos pero yo ya había decidido regresar a casa. Aunque me apetecía subir hasta la brecha de Roland y cruzar al circo de Gavarnie, no me sentía con fuerzas, así que decidí regresar a casa.
            La bajada hasta Torla, donde tenía aparcado el coche, la hice junto a un tipo muy curioso. Le había visto por los alrededores del refugio.  Según comentaba la gente había subido y bajado a Monte Perdido en un tiempo record, menos de la mitad del tiempo que yo invertí en hacerlo, y la verdad es que viendo como se desenvolvía por aquellos andurriales era perfectamente creíble. Según me comentó durante la larga bajada hasta Torla llevaba una semana dando brincos por allí, de refugio en refugio o vivaqueando. Por curiosidad levanté su mochila para comprobar el peso y era una pluma. Me dijo que llevaba lo justo para una semana, una par de camisetas y un par de mallas, chubasquero, saco de dormir y poco más. Y yo como un gilipollas cargando media casa a la espalda. Nunca aprenderé.
            Llegamos a pradera de Ordesa y nos tomamos una cerveza en el chiringuito. Cogimos el autobús que nos dejó en Torla y nos despedimos. A los pocos minutos emprendí el regreso hacia Madrid.
            Había cumplido un deseo de mi infancia, anhelado desde mis primeras salidas montañeras, cuando siendo un chaval y junto a los amigos del barrio cogíamos el tren de las 8:05 con destino a Cercedilla … pero eso es otra historia.

jueves, 17 de febrero de 2011

A Gavarnie en moto (parte I)

              Allá por el año 1987, “casi na”,  realicé un viaje en moto a Gavarnie, en el Pirineo francés. Veinte primaveras me contemplaban por aquel entonces. Creo que ni me afeitaba todavía. Lo que no recuerdo es como conseguí convencer a mis padres para que no me pusieran pegas para emprender el viaje.
            El caso es que un ocho de agosto a lomos de mi  Yamaha XS 400, de color blanco y junto a mi amigo Fran, con otra moto igual,  partimos en dirección  norte. Mi Yamaha posiblemente fuera la mejor moto que he tenido. No era la más atractiva ni la más potente, pero desde luego era la más fiable y con la que hice más kilómetros.
            El día antes de partir descubrí que tenía caducado el dni y entonces solían pedírtelo en la frontera, así que tuvimos que hacer una parada en la comisaría de la calle de La Luna para renovarlo. Un rato largo más tarde, con el resguardo en la mano y la advertencia del policía de turno de la imposibilidad de salir del país hasta que no recibiera el dni definitivo, iniciamos nuestro viaje.
            Con escaso equipaje, escaso dinero y muchas ganas de aventura fuimos devorando kilómetros por la nacional II parando a menudo para repostar y de paso estirar un poco las piernas. Poco a poco nos vamos acercando al Pirineo. Calor agobiante por el desierto de Los Monegros que subsanamos despojándonos de toda la ropa excepto guantes, pantalón corto y casco. Menuda locura, tropecientos kilómetros medio desnudos. Ahora hasta para salir a por el pan me pongo chaqueta protectora incluso en verano.  La inconsciencia de la juventud.
            Llegamos a Seo de Urgell por la tarde y hacemos una parada larga para comer y beber algo. Ya estamos a tiro de piedra de Andorra, a escasos veinte kilómetros, donde pararemos par dormir y comprar la comida para todo el viaje y algún capricho.
            Llegamos de noche al país del Pirineo. Cruzamos la frontera sin problemas, ni siquiera nos piden la documentación. En cuanto puedo lo primero que hago es buscar una cabina de teléfono para llamar a casa y comunicar mi llegada. Después  buscamos algún lugar para pasar la noche, en mitad del campo por supuesto. Una vez elegido el sitio aparcamos las motos y nos acostamos entre ellas, en nuestros sacos de dormir.
            Nos despertó temprano el ruido de una excavadora. Anoche, en la oscuridad no nos percatamos que estábamos en un circuito de motocross en obras. Tiene narices, con lo grande que es el campo.
            Recogimos el chiringuito, hicimos un par de fotos y nos dirigimos al centro, no sin antes dedicarle un corte de mangas al conductor de la excavadora.
            A medio día más o menos y con las motos cargadas con los víveres para el viaje, cruzamos la frontera andorrana y entramos en La Galia. Llegamos a Pas de la Casa, población fronteriza y afortunadamente ni la policía andorrana ni los gendarmes franceses nos piden la documentación, así que pasamos tranquilamente y seguimos camino.
            Después de tantos años me cuesta un poco recordar los pueblos por los que pasamos y en los que hicimos alguna parada, pero consulto un mapa y empiezan a sonarme poblaciones como Ax les Thermes, Saint Girons, Saint Gaudens, Lannemezan, etc.
            Lo que si tengo grabado en la memoria son los magníficos paisajes que podemos ver a nuestro alrededor y agua, agua por todas partes, en cualquier sitio te encuentras con un pantano, un río, un arroyo …
            Lo bueno de viajar en este plan es que no estamos condicionados a los horarios de los hoteles. En cuanto vemos un sitio que nos gusta, a ser posible siempre cerca del agua para poder lavarnos,  nos paramos y montamos el campamento. Colgamos nuestras hamacas de los árboles, preparamos algo de comer y a descansar. Llevamos también una tienda por si el tiempo se pone lluvioso. Tuvimos que soportar dos o tres tormentas guapas, de las de montaña. Impresionantes.
            Uno de esos días, los de tormenta, llegamos a una población que disponía de camping. Aparcamos las motos a la entrada y nos dirigimos a la caseta de recepción. No hay nadie. Se nos acercaron unos niños y les preguntamos en francés macarrónico quien atendía la oficina. Los niños salieron corriendo gritando: “Españoles, Españoles”. Nos quedamos un poco alucinados. ¿Serán descendientes de los soldados gabachos que lucharon en Bailén y por eso huían despavoridos ante nuestra presencia? Al rato apareció un abuelete y nos dijo que le siguiéramos.  Nos indicó una parcela en el extremo del camping, cerca del río y al lado de la caravana donde él vivía.
            Volvimos a por las motos y comenzamos a instalar la tienda. Justo cuando terminamos comienza a llover. Metemos todo el equipaje en la tienda. Nos tumbamos a esperar que escampe. Al poco rato aparece el abuelete para invitarnos a cenar a su caravana. Aceptamos gustosamente.
            El abuelo en cuestión nos contó que era un exiliado de nuestra guerra civil. Había luchado como piloto de aviones en el bando republicano. Su mujer, una italiana discreta y silenciosa, nos sirvió la cena y se sentó al lado de su marido. No hablaba español así que permaneció callada casi toda la cena.
            Después de dar buena cuenta de la cena y de una botella de Jumilla, la tierra natal de nuestro anfitrión, nos despedimos. Al día siguiente queremos salir temprano, si el tiempo lo permite.
            Amaneció bueno. Recogimos el campamento, nos acercamos a la oficina a pagar la estancia. Tampoco había nadie así que nos marchamos.
            Seguimos carretera en dirección a Lourdes. Necesitamos cambiar cheques de viaje y de momento no hemos encontrado dónde.
            Llegamos a la ciudad milagro y recorremos varios hoteles hasta que damos con uno donde nos cambian los cheques. Nos hacemos unas fotos por allí y seguimos nuestro viaje.
            Nos metemos por una carretera que va ascendiendo por la montaña hasta llegar a un pueblecito enclavado en la ladera. Recorremos sus estrechas y empinadas calles preguntándonos como han podido subir los coches que vemos estacionados. Nos detenemos en la terraza de un bar y pedimos unas cervezas. Al poco rato se nos acerca un tipo y nos pregunta si las motos son nuestras. Le contestamos afirmativamente y nos dice que es español como nosotros. Pide otra ronda y se sienta con nosotros. Nos cuenta que es de Piedralaves, Ávila. Tras un buen rato de charla, paga las cervezas y nos invita a cenar a su casa.
            Debemos tener cara de buenos chicos, a pesar del aspecto que tenemos después de unos cuantos días de viaje. Llegamos a su casa y nos presenta a su mujer, una francesa muy atractiva, a su hija, una réplica en joven de la madre, y a su hijo.
            Nos preparan unos huevos fritos con chorizo y patatas que nos saben a gloria.
            Al día siguiente, nos comenta nuestro nuevo anfitrión, salen de viaje hacia España y que nos deja la casa por si queremos descansar del viaje.
            Nos quedamos un poco alucinados por el ofrecimiento, que por supuesto rechazamos educadamente. No obstante insiste en que al menos pasemos allí la noche. Aceptamos el ofrecimiento y nos quedamos a dormir en el porche de la casa, en nuestros sacos de dormir.
            Al día siguiente, muy temprano, la familia se marcha pero nos dejan la llave de la casa por si queremos usar el baño. Volvemos a rechazar el ofrecimiento y al rato de marchar la familia lo hacemos nosotros también.
           Continuará ...