martes, 14 de junio de 2011

El ENIGMA DEL KANCHENGAN

   
               La noche les sorprendió en medio de una tormenta de nieve y a una altitud de más de siete mil metros. Enfundados en sus trajes de plumón y protegido el rostro con la capucha y las gafas de ventisca caminaban, o mejor dicho, se arrastraban por una peligrosa arista con una caída por ambos lados de más de mil metros.
            Los dos montañeros progresaban arista arriba debidamente encordados y a una distancia de tres metros uno del otro.  La arista terminaba en una falsa cima, situada a tan solo veinte metros de su posición. En la última hora apenas habían podido ascender treinta metros, el fuerte viento y la nevada hacía muy complicada la ascensión, pero si querían seguir vivos tendrían que darse prisa y llegar cuanto antes a la falsa cima donde podrían montar la tienda al resguardo de las rocas que conformaban el risco.
            La sensación térmica en ese momento debía andar cerca de los cuarenta grados bajo cero, así que si no espabilaban y se resguardaban pronto, sus posibilidades de supervivencia eran mínimas o más bien nulas.
            Conscientes de su situación los dos hombres apretaron el paso y se esforzaron al máximo para conseguir llegar hasta las rocas. La forma física de ambos era magnífica pero en esas condiciones hasta el mejor atleta sufría considerablemente.
            Cada paso que daban era un esfuerzo sobrehumano que tenían que acompañar con una pausa de al menos cuatro minutos, hasta que su corazón calmaba los galopantes latidos. Poco a poco se fueron acercando hasta el risco y por fin consiguieron alcanzarlo. Se resguardaron en la cara sur de la falsa cima, entre las rocas. No podían sacar la tienda debido al fuerte viento. Si lo hacían corrían el riesgo de perderla. Exploraron la zona buscando algún resquicio entre las rocas, donde resguardarse. Encontraron un hueco entre dos enormes rocas y sin pensárselo dos veces lo atravesaron. El hueco era muy estrecho. Se tuvieron que quitar las mochilas para poder pasar. Entró el primer montañero y el segundo le pasó las mochilas antes de entrar.
            Una vez dentro se tumbaron en el suelo durante unos largos minutos para recuperarse, mientras observaban su refugio y daban las gracias por la suerte que habían tenido de encontrarlo. Unos minutos más expuestos a las extremas condiciones del exterior y hubieran perecido. 
            El refugio tenía un tamaño aproximado de veinte metros cuadrados y una altura de tres. No era una cueva sino un hueco formado entre las rocas. Todos los resquicios estaban sellados con nieve por lo que el viento apenas se sentía en el interior.
            Uno de los montañeros se levantó y colocó su mochila en el hueco de entrada para aislar aun más el refugio. Su compañero mientras tanto escudriñaba el lugar, iluminando con su frontal.
            De repente detuvo el haz de su linterna sobre un bulto semioculto en la parte más profunda del refugio. Llamó a su compañero, todavía empeñado en taponar la entrada. Le señaló el bulto y ambos se acercaron a él. Era un cuerpo, o lo que quedaba de él. 
            Ambos se miraron sorprendidos. Se suponía que el kanchengan, la  montaña en la que se encontraban,  nunca se había intentado escalar con anterioridad, dada su enorme dificultad. Si al día siguiente conseguían subir a la cima principal, situada a unos cuatrocientos metros más arriba, serían los primeros en conseguir hollar su cima. O al menos eso era lo que se creía.
            Casi se había cumplido el año desde que los dos montañeros iniciaran las gestiones para solicitar los permisos necesarios para ascender esta montaña nepalí. El Kanchengan ni siquiera estaba en el catálogo de picos autorizados para su escalada, por lo que tuvieron que acudir a muchas puertas y suavizar los trámites con algunos dólares. Por fin tras dos meses de andanzas y con la promesa de contratar sherpas locales, consiguieron los permisos de escalada, no sin antes pagar por adelantado los salarios de los sherpas, debido a la poca confianza que tenían las autoridades en que los dos montañeros consiguieran regresar con vida.
            Ahora, que tras enormes dificultades se encontraban a pocos metros de alcanzar su objetivo, era posible que no fueran los primeros en ascender el Kanchengan. Les vino a la memoria el caso de Irvine y Mallory en el Everest.
            Dejando a un lado el horror que les producía tocar el cadáver, los montañeros lo examinaron detenidamente. Llevaba ropa y equipo de montaña muy antiguos. La ropa parecía formar parte de una especie de uniforme. En la chaqueta todavía se conservaban unos emblemas cosidos en las mangas y sobre el bolsillo superior derecho, en la parte delantera. Aquellos emblemas, a pesar de estar ajados y  descoloridos, les resultaban familiares.
        
             
           
           

viernes, 3 de junio de 2011

UNA AMIGA FIEL

             Desde mi más tierna infancia, o mejor dicho, desde que tengo uso de razón –estas dos circunstancias no siempre van unidas- mantengo una entrañable y fiel amistad, no con una persona, eso sería prácticamente imposible, lo de mantener una amistad con personas durante tantos años quiero decir. Insisto, mantengo una entrañable y fiel amistad con algo tan sencillo, o complicado, según se mire, con algo tan etéreo –no confundir con estéreo, aunque en este caso también sería  apropiado- tan inmaterial, como es la música.
            La música siempre me ha acompañado y me acompaña. Siempre ha estado y está ahí, como una amiga fiel, en los mejores y en los peores momentos. Siempre. No recuerdo haber pasado ni un solo día sin escuchar alguna melodía –esta última frase podría utilizarse perfectamente en la letra de una canción – Como decía, la música siempre está presente en mi vida, posiblemente venga de familia ya que mi padre como ya he contado en alguna ocasión se ganó la vida, en otros tiempos, con una guitarra a cuestas.
            La escucho prácticamente a todas horas, desde que me levanto hasta que me acuesto,  incluso cuando duermo.
            Me gusta. Me gusta casi de manera obsesiva. La escucho en el trabajo, en casa, cuando viajo, cuando salgo con la bici, cuando subo a la montaña, cuando remo con el kayak, cuando paseo...
            Escucho de todo, salvo excepciones por supuesto. Además la música es muy gratificante, sirve como anti-depresivo, sirve como estimulante, sirve para enamorar, sirve para desenamorar, sirve para amansar a las fieras, sirve para enfurecer a los mansos, sirve para cabrear al vecino, sirve para cabrearte con el vecino, sirve para aterrorizar, sirve para alegrar,… ah y también sirve para bailar.
            Creo que nunca se inventó nada tan barato y que sirva para tantas cosas, a excepción de la aspirina por supuesto.
            Se puede hacer sonar, se puede cantar, se puede acompañar. La música evoca situaciones, personas, momentos, lugares, te trae buenos recuerdos. No conozco a nadie que diga: “esta canción me trae malos recuerdos”, siempre es al contrario.  
            Es infinita, es para todos los gustos, para todas las razas, para todas las religiones,  es para todo tipo de personas, es para todo tipo de estados de ánimo, es para todas las edades, es para listos, es para menos listos, es para ellas, es para ellos.
            Si volviera a nacer, seguro que me dedicaría a la música. Dependiendo de la época en la que volviera a este mundo no sé si sería un trovador o un rockero, pero seguro que me ganaría la vida canturreando por ahí.
            La música ha significado y significa mucho para mí, pero sobre todo, la música es… una amiga fiel.

lunes, 23 de mayo de 2011

LOS FABULOSOS ´80

              Soy un convencido y reconocido “ochentero”.
            Aquella época fue una de las que más disfruté, o al menos la que seguramente disfruté  de forma más despreocupada,  por lo que la recuerdo con un enorme cariño. Parece mentira que ya hayan pasado tres décadas desde entonces.
            Entré en esa década con tan solo trece añitos, en plena adolescencia, y me despedí de ella con veintitrés.
             Fue una época de muchas inquietudes, tenía ganas de comerme el mundo, de hacer infinidad de cosas, de viajar por todo el planeta con una simple mochila, de emprender mil negocios, de participar en mil discusiones políticas, de comprometerme seriamente con mi ideología. Miles de ideas, miles de sueños,  que luego la vida, que a veces es muy perra, se encarga de joderte y devolverte a la cruda realidad. Pero por aquel entonces, bajo el prisma de la mirada de un adolescente, todo era posible, todo estaba por hacer y todo estaba por descubrir.  
            A principios de la década comencé a trabajar, por lo que ya contaba con independencia económica; bueno, más o menos, y la vida se hacía más fácil.             
            Aquellos años disfruté de mis primeras motos, mis primeras novias, mis primeros fracasos amorosos, mis primeras fiestas, mis primeros conciertos, mis primeros viajes sin la familia, mis primeras acampadas,  el carnet de conducir, el primer coche, de segunda o tercera mano por supuesto, los carnavales en la plaza Mayor, el mundial de fútbol, con Naranjito a la cabeza, las clases en el instituto, los primeros suspensos, las primeras “pellas”, los primeros cigarrillos, las primeras litronas, los primeros calimochos… en fin, ¡qué recuerdos!.
            Los conciertos proliferaban por doquier. Surgieron infinidad de grupos con mayor o menor éxito. Algunos de aquellas bandas todavía triunfan en la actualidad, treinta años después.      No eran ni mejores ni peores que los grupos actuales, simplemente surgieron con unos estilos y tendencias desconocidos por aquel entonces y tuvieron enorme aceptación. Ahí han quedado temas como La chica de ayer, Déjame, A quien le importa, Al calor del amor en un bar, Cien gaviotas, Sufre mamón, Escuela de Calor, Lobo hombre en París, Mi agüita amarilla… la lista es interminable. Y que decir de la música que venía de fuera: Every breath you take, Brothers in arms, Time after time, Tarzan Boy, Karma Chameleon, Sweet dreams, Relax. Thriller, With or without you, Voyage voyage, por citar algunos.                        
            Todavía recuerdo algunas de las películas que se estrenaron con mayor o menor éxito: Regreso al futuro, Indiana Jones, Top Gun, Rocky, Rambo, Los Goonies, La Guerra de las Galaxias, E.T., Poltergeist, Los Inmortales, etcétera, etcétera.
            En los dos únicos canales de la tele veíamos series y programas como La bola de cristal, Aplauso, El coche fantástico, Verano azul, Dragones y Mazmorras, Un hombre en casa y los Roper, Un, dos, tres, La segunda oportunidad, Trescientos millones…
            Aquella década fue la de mi adolescencia y creo que fue una década  irrepetible en muchos sentidos.
           
            Los de mi edad saben de qué hablo.           

viernes, 20 de mayo de 2011

¿CÓMO ACABARÁ TODO ESTO?

             Me dan ganas de coger la mochila y el saco de dormir y plantarme en la Puerta del Sol de Madrid junto con el resto de gente que lleva allí varios días. O en la plaza de mi pueblo. El sitio es lo de menos, el caso es que se me vea y se me oiga.
            Somos un país de subvencionados, subsidiados, sumisos, conformistas, comodones, y muy de mirar para otro lado. Pero claro, llega un momento en que uno tiene que decidir si le sigue haciendo el juego a los de siempre  o si los manda a tomar por culo y tira por el camino de en medio con todas las consecuencias.
            Pues parece ser que algo se está moviendo, que ha llegado el momento de decir “se acabó”, que estamos hartos de sufrir y consentir el despilfarro, las corrupciones, la incompetencia, la indecencia, la irresponsabilidad,  etcétera y más etcéteras,  de la clase política -del color que sea-  y de la clase empresarial.
            En este país la vida nos ha cambiado mucho a la inmensa mayoría, nuestro poder adquisitivo a descendido en los últimos años para situarnos en posiciones económicas de hace décadas. Pero ojo, sólo para la clase trabajadora, porque a los que dirigen el cotarro, tanto políticos como empresarios, a esos la vida nunca les cambia y en cualquier caso sería para mejor.
            No me imagino a ningún miembro de esa ralea mirando su cuenta a mitad de mes para ver como anda el saldo.
            Como todo en la vida, supongo que habrá honrosas excepciones, pero deben ser meramente anecdóticas.
            Tampoco me imagino a la clase dirigente, política o empresarial, manifestándose por la calle reivindicando mejoras salariales o mejoras en sus derechos, no les hace falta, ellos se lo guisan y ellos se lo comen.
            Si me los puedo imaginar reunidos en Puerto Banús, Sotogrande o La Moraleja decidiendo que medidas tomar en el próximo ejercicio para que sus resultados económicos y su estatus no se vean muy afectados por la crisis, aunque sea a costa del vulgo, o mejor dicho, a costa del vulgo:
            Que hay que despedir a media plantilla, pues se despide, que hay que bajar los sueldos, pues se bajan, que hay que subir la luz, el gas, etcétera, pues se sube, que hay que subir el ibi, el iva o lo que sea,  pues se sube. El caso es no dejar de ganar dinerito ni descender un ápice su inmejorable nivel de vida.
            Una cosa que nunca he entendido es cómo puede dormir tranquilo un tipo que amarga y arruina la vida de otras personas, poniéndolos de patitas en la calle, perdón, por reducir costes diría él, que a fin de cuentas es lo único que somos para los empresarios, costes, costes prescindibles,   por el mero hecho de redondear su balance y no dejar de ganar demasiado dinero, un dinero que no se va a gastar, un dinero que simplemente engordará su ya de por si considerable cuenta corriente.
            El dinero es fantástico, ¿a quien no le gusta? Pero no entiendo que haya personas cuyo único objetivo en la vida es acumular fortuna, arruinando a quien haga falta, una fortuna que no se podrían gastar ni en cien vidas.
            Tal vez haya llegado la hora de decir cuatro cosas, o haya llegado la hora de gritar simplemente:
                                                           “NO.  YA BASTA”.

martes, 19 de abril de 2011

SU PRIMER PEÑALARA

            Son las 6:45 horas de la mañana de un sábado. Suena mi despertador. Llevo un rato despierto. Estoy emocionado. Hoy voy a subir a la cumbre de Peñalara junto a mi hijo Javier.
            Peñalara es un pico por el que tengo especial cariño desde hace tiempo. Al cabo del año suelo subirlo unas cuantas veces. Pero esta vez es especial. Esta vez lo voy a subir junto a uno de mis hijos y la verdad es que significa mucho para mí y para él.
            Voy a la habitación de Javier y le encuentro despierto. Está nervioso y lleva un rato levantado, según me dice. Nos lavamos y nos vestimos en un periquete. Guardamos la comida y la bebida en las mochilas que ya tenemos preparadas desde anoche y las cargamos en el coche.   A las 7:10 salimos hacia la sierra.
            El camino hasta Cotos transcurre en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. Los últimos kilómetros los dedica Javier a contemplar el bello paisaje serrano. Ya lo conoce, pero le ocurre como a mí. Por muchas veces que lo contemple cada vez me gusta más.
            A las 8:20 llegamos al aparcamiento de Cotos. A esa hora está prácticamente vacío. Hace frío. El termómetro del coche indica tres grados, y yo en pantalón corto. Menos mal que por lo menos me he traído el forro polar. Javier va bien abrigado, forro polar y chaleco de plumas. Comemos y bebemos algo antes de salir y a las 8:27 iniciamos la travesía.
            Comenzamos a subir por la pista hasta el mirador de La Gitana. Hacemos un alto para contemplar la sierra desde el mirador, entreteniéndonos con el reloj solar y la rueda cardinal. Seguimos por el camino que lleva al refugio de Zabala y a la cumbre. Atravesamos el bosque y comenzamos a subir las primeras rampas. Aflojo el ritmo para no cansar a Javier en los primeros kilómetros.
            El camino de las zetas es bastante cómodo, exceptuando alguna rampa importante, el resto es muy fácil.
            Empezamos a ver nieve en el camino, que entusiasma a Javier, que evidentemente pisotea sin compasión, en vez de esquivarla como hago yo.
            Llevamos hora y media y creo que es el momento de hacer una parada más larga que las anteriores. Ya hemos ganado bastante altura. Está muy nublado y hace bastante frío. Nos apartamos del camino y nos subimos a unas rocas para comer un bocadillo. Terminamos de comer y nos ponemos en marcha para no quedarnos fríos. Ya casi estamos llegando a la cuerda de Peñalara, dejamos atrás el camino de las zetas y cogemos el camino que nos llevará hasta la cima. Divisamos la cumbre de Hermana Mayor y la coronamos como aperitivo al premio gordo.
            Hemos superado la altura de las nubes que ahora están por debajo de nuestra posición. Aquí arriba está despejado y soleado.
            Ya se divisa la cumbre de Peñalara a lo lejos. Demasiado lejos según Javier que empieza a protestar, pero creo que es más de aburrimiento que de cansancio.
            Le digo que no podemos rajarnos, que ya no nos queda nada para llegar. Nos alcanzan otros montañeros que se sorprenden al ver a un niño por aquí. Le hacen algún comentario y esto hace que se envalentone. Me dice que cuando yo quiera podemos continuar. Nos ponemos en marcha. Para entretenerle nos acercamos al borde de los tubos o corredores que quedan a nuestra derecha, y le explico que por ahí es por donde subo con mis amigos en invierno. Todavía conservan bastante nieve. Siento un cosquilleo al verlos. Subir por los corredores o tubos es mucho más divertido. Javier se asoma a uno de ellos y me dice que él  nunca va a subir por allí. Ya me lo dirás dentro de unos años, pensé.
            Ya no queda nada para llegar. La cumbre está a tiro de piedra. Le digo a Javier que según la tradición, cuando se va en grupo hay que dejar llegar primero al miembro que nunca ha subido antes. Así que le cedo el paso en los últimos metros de ascensión, que la hacemos bordeando la cima y entrando por su cara norte.
            Por fin estamos en la cima, con un cielo despejado en la vertiente segoviana y nuboso en el lado madrileño. Entre las nubes asoman, enfrente,  las cumbres de Cabezas de Hierro y un poco más a la derecha La Bola del Mundo. Nos subimos al vértice geodésico y nos abrazamos. Me siento muy orgulloso de mi hijo. He subido este pico probablemente más de treinta veces,  pero esta es la ocasión más especial para mí por el hecho de haberlo subido con uno de mis hijos. En dos o tres años lo subiremos con Pablo, el pequeño de la familia.
            Hacemos unas cuantas fotos, damos buena cuenta del resto de la comida que nos ha preparado Beatriz y emprendemos el regreso. Javier ya no protesta en todo el camino de vuelta. El también está orgulloso por haber subido la cumbre más alta de Madrid. A sus ocho años ya se siente todo un montañero.
            Durante la bajada empezamos a planear la siguiente excursión, que procuraré sea más corta para que le vaya cogiendo gustillo a esto de la montaña. Nuestro próximo objetivo serán las cumbres de Siete Picos,… pero eso ya es otra historia.

martes, 12 de abril de 2011

UN DIA EN LAS CARRERAS

            Una de las cosas que a un servidor le hace feliz, muy feliz,  es compartir aficiones con la familia.
            El domingo pasado mi hijo mayor, que ya tiene ocho añazos -como pasa el tiempo- me acompañó a una marcha ciclista. Aunque a decir verdad fui yo el que le acompañó en una marcha ciclista, puesto que de los tres circuitos ofrecidos por la organización de Eduardo Chozas, íbamos a recorrer el de diez kilómetros, diseñado especialmente para los niños.
            Como a mí y a Gabi, que también nos acompañó, los diez kilómetros nos iban a saber a poco, decidimos ir desde nuestra localidad de residencia, hasta la localidad donde partía la marcha en nuestras MTB para, por lo menos, ganarnos la cervecita de medio día.
            Así que dicho y hecho, a las ocho de la mañana salíamos de Navalcarnero tomando el Carril del Valdeyeso en dirección a Aldea del Fresno. Ese mismo recorrido lo habíamos realizado el domingo pasado, de ida y de vuelta. En esta ocasión como solo lo íbamos a hacer en sentido ida pues le dimos un poco de caña, y en cuestión de hora y diez minutos recorrimos los cerca de veinticinco kilómetros hasta Aldea. 
            Una vez allí recogimos a mi hijo en casa de sus abuelos. El “enano” ya estaba preparado cuando llegué y nervioso por salir con la bici. Nos montamos los tres en las MTB y bajamos hasta la plaza desde donde partía la marcha.
            Llegamos a la plaza cerca de las nueve y media, una media hora antes de la salida. El ambiente era magnífico y eso que aún faltaban muchos participantes, como pudimos ver más tarde.
            Con orgullo paterno observaba al niño recorrer la plaza con su bici animado por el ambiente y con ganas  ya de empezar a dar pedales. Se le veía nerviosillo. Normal, era la primera vez que participaba en un evento parecido.
            Unos minutos antes de las diez, el spiker, Eduardo Chozas, nos dio una pequeña charla de cómo eran los recorridos en sus tres distintas categorías. Cuando terminó de describir el recorrido 1, el más largo, Gabi y yo nos miramos pensando “joder, y nos lo vamos a perder”. Pero en fin, habíamos venido a acompañar a Javier en su primera marcha ciclista, además ya nos habíamos hecho nuestra rutita por la mañana.
            Una vez acabada la locución de Eduardo nos colocamos dónde nos han explicado, es decir: el grupo 3, el de los niños, saldríamos los últimos, detrás de todos los demás.
            Comienza la marcha. Recorremos unas cuantas calles hacia el río Perales, en el extremo Este del pueblo. Pedaleamos por una amplia avenida paralela al río hasta el final de la misma, luego la recorremos en sentido contrario. La avenida empalma con un camino que nos lleva hasta la desembocadura del Perales en el Alberche y continuamos, ahora paralelos al Alberche. Atravesamos la zona de chiringuitos, atestados de gente a estas horas.
            Los niños se lo están pasando estupendamente. Se pican entre ellos, alguno se cae, se levanta y vuelve a correr como si nada. De vez en cuando la monitora que abre la marcha nos hace detener para agrupar de nuevo a todos los participantes. Seguimos la marcha. Se me acerca Gabi y me dice que ha pinchado la rueda de atrás. Nos detenemos a reparar la rueda mientras el grupo sigue, le comento a mi hijo que tenga cuidado y que en un rato estaremos otra vez con el grupo. Tardamos unos diez minutos en hacer el cambio de cámara. Emprendemos la marcha apretando el ritmo para poder reengancharnos al grupo. Nos han sacado bastante ventaja pero en unos minutos conseguimos alcanzarlos.
            El camino nos conduce de nuevo en dirección al pueblo. Un poco antes de llegar el grupo se detiene para esperar a la policía municipal que debe escoltarnos de nuevo hacia el punto de partida. Los niños ya están cansados, nerviosos y deseando llegar a la meta. Aunque no es una competición se miran unos a otros retándose. Por fin llega el coche de la policía y a instancias de los niños conectan la sirena durante unos segundos. El coche arranca y le seguimos por las calles del pueblo, hasta la plaza, punto de inicio y final del recorrido. Al llegar a la plaza, los mayores nos hacemos a un lado para no restar protagonismo a los chavales, que aceleran en el último tramo ante el clamor de familiares que allí se encuentran para recibirlos.
            Beatriz y Pablo nos esperan en la meta, jaleando a Javier cuando le ven aparecer. También nos esperan Amelia, Patricia y Gabi junior, la familia de mi amigo Gabi, que nos aclaman igualmente.
            Pablo mira orgulloso a Javier,  su hermano, con cierta envidia por no tener aún edad suficiente para acompañarle.
            Acabó la “carrera”. Ha sido una mañana magnífica. Sobre todo porque mi mujer y mis hijos, es decir, toda la familia, de una u otra manera, hemos compartido una de mis aficiones, y lo hemos pasado estupendamente.
            Espero que a mis hijos les haya “picado el gusanillo” de la bici y se animen a seguirme en alguna de mis aventuras.
            La semana que viene toca montaña, pretendo subir a Peñalara con Javier, pero eso ya es otra historia.

martes, 5 de abril de 2011

LA MÁQUINA DEL TIEMPO

        
            Como ya he dicho en alguna ocasión, no soy muy amigo de determinada tecnología, aunque al final claudico y la uso como todo el mundo. Pero dejémonos ya de tanto aparato con extrañas siglas que ni siquiera sabemos lo que significan: Ipad, Ipod, Iphone, Dvd, Mp4, Gps, etc. Lo que de verdad tienen que inventar, y seguro que sería un éxito de ventas, es una puñetera máquina del tiempo. Con eso si que íbamos a flipar.
            ¿A que sí, a que a todos nos gustaría viajar en el tiempo?, acercarnos a lugares y momentos claves de la historia, y no solo para intentar cambiarla, eso ya seria la hostia, simplemente para asistir aunque fuera de meros espectadores.
            O viajar hacia el futuro para ver que nos va a deparar la vida. Aunque a  mi viajar al futuro no me llama demasiado la atención, la verdad. Lo que realmente me gustaría es viajar hacia atrás, al pasado. Ya me dijo alguien una vez que yo he nacido en una época que no me corresponde, que hubiera hecho mejor papel en siglos pasados. Y tal vez tuviera razón porque hay un buen montón de episodios históricos en los que me hubiera gustado participar.
            Me hubiera encantado dejarme caer, después de asistir a la toma de Granada del mes de Enero, por las tabernas del puerto de Palos para palpar el ambientillo aquella primera semana de agosto de 1492. Aceptar la invitación a una ronda de los hermanos Pinzones, dejándome convencer para enrolarme en alguna de sus naves para viajar rumbo a lo desconocido con aquel iluminado genovés, o castellano, o mallorquín o portugués o catalán o lo que fuera.
            Me hubiera encantado disponer de esta maquinita para trasladarme a Tenochtitlan para echar una mano a Cortés en su huida de la ciudad aquella Noche Triste del 30 de Junio de 1520 cuando salió de allí cagando leches dejando atrás los tesoros que habían acumulado sus tropas los días previos.
            O regresar a las playas de Sanlúcar a bordo de la nao Victoria a las órdenes del señor Elcano, después de circunnavegar la tierra.
            O, con navaja de palmo y medio en mano, unirme a los madrileños para destripar gabachos en La Puerta del Sol aquel 2 de mayo de 1808 y arrimarme hasta el palacio de Grimaldi para cortarle los rizos, a la altura de la nuez, al Murat de los cojones. Y luego subir por la calle San Bernardo, esquivando mamelucos,  a echar una mano en el cuartel de Monteleón.
            O viajar al antiguo Egipto para aclarar de una puñetera vez como se construyeron las pirámides.
            O visitar la mítica ciudad de Petra en pleno apogeo Nabateo y contemplar como esculpieron sus fantásticos monumentos.
            O acompañar a Amundsen hasta las gélidas regiones antárticas y conseguir llegar hasta el mismo Polo Sur.         
            O haber estado junto a Mallory e Irvine en su  ascenso al Everest y averiguar por fin si consiguieron ser los primeros en pisar su cumbre.
           
             … y tantos y tantos viajes. Las posibilidades son infinitas.